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jueves, 22 de febrero de 2024

Relatos para sobrevivir al gran apagón

“Es septiembre -a pesar de haber dejado la escuela hace décadas, el calendario escolar sigue ejerciendo una poderosa influencia sobre ella- y se siente deseosa de empezar cosas nuevas. Es la estación de la abundancia; los manzanos están cargados de fruta, la hierba salvaje que queda junto a la autopista está crecida. La brisa mueve los árboles. Todo emana profundidad, es el último esplendor del verano. Dentro de un par de horas, por la tarde, una tormenta lo barrerá todo, limpiando el aire”.

Una playa repleta de niños adultos un fin de semana de finales de junio, un bonito y cuidado hotel de playa, una tormenta amenazante que, de repente, cambia de dirección y nos deja seguir disfrutando de algo tan básico como estar al aire libre, pero que un año y unos meses atrás recordábamos con añoranza desde nuestras ventanas a las 8 de la tarde. También un autobús en el que no cabía ni un alfiler y en el que, por tanto, era imposible guardar la conocida distancia de seguridad.

En estos escenarios, que ahora han venido a mi memoria, me acompañó el libro de relatos de A. M. Homes Días temibles. Y lo recuerdo, precisamente por las excepcionales (y pandémicas) circunstancias en que fue leído. Porque siempre me acompaña un libro en el transporte público o en la playa, pero espero que nunca, nunca más, tenga que volver a leerlo con la cara cubierta y las gafas empañadas.

Días temibles, editado en España por Anagrama, es un libro compuesto por doce relatos de distinta extensión, que mantienen una autonomía propia y una calidad indiscutibles.

Dentro del conjunto de relatos, destacan por derecho propio 'Días de ira', que contiene el diálogo mantenido entre sus protagonistas del que se extrae el título del libro; 'Muestra nacional de pájaros', escrito en un interesante formato de chat; 'La última vez que lo pasó bien', que recrea el viaje solitario de un hombre adulto a Disneyland en busca de algo que perdió hace muchos años, y que no era necesariamente material; 'Un premio para cada jugador', donde una serie de casualidades desembocan en una candidatura al cargo político más poderoso de la tierra y 'Ella se escapó' (una suerte de continuación de 'Hola a todos') donde la A. M. Homes más cruda nos plantea un encuentro frontal con la soledad, sin abandonar ni el surrealismo ni el humor ácido.

Pero, como decía, 'Días de ira' se merece la importancia que tiene dentro del libro, y es que la primera vez que, al igual que en este relato, me vi sumergido de lleno en el ambiente universitario de un campus estadounidense fue en el libro de Chad Harbach El arte de la defensa con el orden en sus despachos, clases y bibliotecas, con el olor a césped recién cortado de los jardines y el campo de beisbol. Pues el relato que da nombre al libro de A. M. Homes me ha teletransportado nuevamente hasta allí por los personajes, el ambiente, los escenarios, la época del año en que se ambienta, pero también por los dilemas éticos a los que se ven sometidos sus protagonistas. Se trata, en definitiva, de un relato que justifica, por sí mismo, la lectura del libro.

Y apuntaba antes, también, al humor ácido y sangrante y las situaciones surrealistas o, directamente fantásticas, que son seña de identidad de la autora, siendo elementos que impregnan todos los relatos que componen el libro como una lluvia fina, que moja pero que no incomoda.

Días temibles es un libro que difícilmente va a defraudar, y en el inusual caso de que lo hiciese al menos habremos aprendido cómo actuar para sobrevivir al gran apagón. 

domingo, 19 de septiembre de 2021

Los diferentes prismas de la soledad

"Son muchas las cosas maravillosas que han salido de la ciudad solitaria: cosas forjadas en soledad, pero también cosas que sirven para curarla"


Nueva York como personaje o como un elemento indispensable para el desarrollo de una historia ha sido utilizada en innumerables ocasiones en el cine, en la literatura, e incluso en la música. El último gran ejemplo son el documental y el libro de Fran Leibowitz. En ese sentido, La ciudad solitaria, de Olivia Laing, no se diferencia demasiado, pero sí es bastante original el planteamiento de ubicar en la ciudad sus propias vivencias de la soledad y de siete artistas contemporáneos, convirtiendo las calles y los edificios en sitios sin los que sería imposible entender las experiencias ocurridas en ellos.

Pero al margen de este planteamiento, lo que hace Laing es abordar los diferentes prismas de la soledad a partir de la obra de un artista. De Edward Hopper analiza la soledad de sus cuadros, de sus personajes, de los escenarios y perspectivas vacíos utilizados en los mismos.


En Andy Warhol la soledad se manifiesta en cualquier situación, a pesar de rodearse siempre de gente en fiestas multitudinarias celebradas en su casa de Nueva York. Siendo consciente de esta soledad que experimentó, se entiende la importancia que tuvo en su vida la grabadora que lo acompañó a todos lados durante su etapa adulta. Tangencialmente, también se trata la soledad por desarraigo que vivió Valérie Solanas, una autora underground que intentó acabar con la vida de Warhol con varios disparos en el vientre.


El caso de David Wojnarowicz analiza una obra marcada por la soledad propiciada por la ausencia de una madre y un padre, y los intentos de suplir esa carencia en la adolescencia con encuentros de sexo fugaz y desaforado con otros seres solitarios en los almacenes portuarios del Hell's Kitchen neoyorkino. De esa época es la serie fotográfica Rimbaud en Nueva York.

De Henry Darger, Laing analiza su soledad y desamparo en la edad adulta, más que probablemente motivados por sus problemas mentales. Desarrolló toda su actividad artística en una minúscula habitación, abarrotada de desperdicios de la basura, ordenados y clasificados de una manera muy minuciosa y delirante. Su obra cumbre, Los reinos de lo irreal, plantea una disyuntiva sobre las intenciones de su autor, pues no es sencillo determinar si hace apología de la depravación y de la pedofilia, o existía realmente un deseo de proteger a las niñas que pintó en el cuadro.


En el caso del cantante Klaus Nomi se analiza la soledad derivada de la enfermedad. En la cúspide de su carrera se conoció que fue uno de los primeros famosos en infectarse de sida. Esta enfermedad y las secuelas físicas derivadas de la misma le obligaron al ostracismo social (en buena parte por el desconocimiento y la superstición que envolvía a la misma en aquellos primeros momentos), por lo que tuvo que enfrentar la misma en soledad. Sólo la amistad que le unía a Wojnarowicz y la fundación de una act up por parte de éste para denunciar el abandono que sufrían los enfermos de sida por parte de las autoridades estadounidenses, hicieron que su enfermedad y la de otros millones de personas tuviera visibilidad al final de su vida.

El caso de Josh Harris se utiliza para tratar la soledad del individuo en la época de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Harris llevó a cabo el experimento Quiet, consistente en reunir en un espacio semiclandestino de Nueva York a un grupo de personas videovigiladas durante 24 horas, en una suerte de 'Gran Hermano', pero más extremo. Posteriormente, intentó reproducir el experimento con su pareja durante 100 días, pero ella acabó abandonando antes de tiempo.

La última cara de la soledad analizada por Laing es la de la ausencia, y para ello utiliza la obra 'Strange fruit', de Zoe Leonard. Se trata de una pieza compuesta por pieles de fruta cosidas por un hilo, que por dentro se encontraban vacías, y por fuera, la piel, el hilo y las costuras. Llama la atención, y le vale a Laing para buscar la conexión, que Warhol también tuviera costuras en el pecho y el abdomen, debido a los disparos de Valérie Solanas.


Todos estos prismas tiene la soledad, y el desenvolvimiento de cada uno de ellos en una faceta artística fue lo que ayudó a Olivia Laing en sus momentos más duros en la Gran Manzana. Y por ello, este libro es un magnífico retrato de las últimas décadas de la ciudad, descritas por una persona que vivió una importante experiencia vital en sus calles y detrás de los muros de sus edificios.

lunes, 11 de marzo de 2019

Batallitas


“Con el tiempo descubrí, sin embargo, que los buenos sueldos le hacen a uno menos propenso a patearse la calle, más complaciente con el director y más comprensivo con el poder. Lamento decirlo y socavar mis propios intereses (a mí tampoco me gusta ser pobre), pero creo que una cuenta raquítica en el banco y un poco de rabia en el estómago favorecen el mejor periodismo”.
'Memorias líquidas' es el libro de un periodista contando anécdotas y vivencias desde que empezó en la profesión hasta el momento actual. Muchos podrán decir: "bien, otro libro de un periodista contando batallitas; nada nuevo". Pero si el periodista es Enric González, lo que cuenta es la experiencia acumulada en las principales firmas del país, junto a personas (y personajes) como Juan Luis Cebrián, y ello viene acompañado de una cuidadísima edición, marca de la casa Jot Down la cosa cambia, y mucho.

No esperen encontrar en este libro crónicas épicas escritas durante una batalla en Sarajevo, en la que milagrosamente se acaba salvando el culo que treinta años después descansaría sobre un mullido sillón de la Real Academia Española. No, lo que propone González es mucho más mundano, menos espectacular, pero, sin duda, mucho más efectivo.

Más efectivo porque nos acerca a los entresijos de una profesión tan endogámica como el periodismo, a través de su relación con directores y periodistas, contándonos la forma de trabajar en ciudades tan dispares como Londres, Roma o Nueva York (que posteriormente servirían para alumbrar sus tres tomos 'Historias de...'), o acercándonos al epicentro de la toma de decisiones de algo tan valioso y trascendente como es el qué información se emite y cómo y cuándo se emite.
“Cada mesa, un Vietnam. Creo que la frase la acuñó Rafael Pradas. Así me parecía a mí que eran las cosas. Aún me lo parece. Cada mesa de la redacción, según la «doctrina Huertas», debía ser una trinchera de resistencia frente a la empresa y los demás poderes. La «doctrina Huertas», de la que me declaro seguidor, considera que la legitimidad de un periódico radica en su dirección, no en los intereses de sus propietarios”.
Con la escritura directa e intencionada que siempre le ha caracterizado en sus columnas, pero aquí rompiendo las ataduras del número limitado de caracteres, González salda cuentas con antiguos compañeros y directores (especial mención al capítulo en el que trata su relación con Juan Luis Cebrián) y, en definitiva, con toda la profesión y todo lo que la envuelve.
“Recuerdo perfectamente las primeras palabras que me dirigió el primero de ellos (de los directores): «Domingo, tráeme una Coca-Cola». Aquel hombre no sabía quién era yo, pero al menos sabía lo que quería”.
Sería inconcebible acabar esta pequeña reseña sin hacer mención a la cuidadísima edición llevada a cabo por la gente de Jot Down, esa publicación que se ha empeñado en que sólo leamos cosas de calidad. Observando el tomo (el encuadernado, el tipo de página, la grafía) se tiene la percepción de que éste era un libro importante para ellos y para reivindicarse como el principal "contemporary cultural mag" que es.
“Me parece que un periodista ha de leer como si le fuera la vida en ello, porque le va la vida en ello”.
'Memorias líquidas' es, en conclusión, una publicación imprescindible para conocer, de primera mano, los entresijos del periodismo español de las tres últimas décadas, escrito con el estilo directo que caracteriza a Enric González, y que nunca decepciona. Tampoco en este caso.

domingo, 26 de marzo de 2017

Sangre y sudor en el desierto


Quien más quien menos, en alguna ocasión, se ha dado una cabezada después de comer con John Wayne matando indios al otro lado de la pantalla del televisor, y quien lo niegue es porque no tenía el infernal aparato en casa. Pero resulta que hay gente que visiona películas de vaqueros, e incluso lee novelas de ese género como afición. Para uno, que prefiere otras cosas que llevarse a los ojos, esto parecía imposible hasta que leí 'Un tronar de tambores', de James Warner Bellah.

Distribuido en un prólogo y varios relatos de caballería, el libro se presenta en una cuidada edición de tapas duras y tamaño bastante manejable, lo cual se agradece en los transportes públicos en los que nos desplazamos el común de los mortales. El prólogo, muy interesante, corre a cargo de Alfredo Lara López, que pone de relieve la importancia del libro de Warner Bellah, al haber inspirado la trilogía sobre la caballería americana de John Ford. También destaca el trasfondo racista y misógino de la obra, que no son sino manifestaciones del carácter del propio autor.

En cuanto a los relatos, el cuarto, que es el que da título al libro, es el más consistente. Cuenta la historia de amor existente entre sus protagonistas, pero la misma es digerible al encontrarse dentro de otra historia más amplia y con más matices. El relato permite al lector lego disfrutar la verdadera esencia de la caballería y de su lucha con los indios y todas las tribus que los conformaban.

martes, 15 de noviembre de 2016

Matrioska literaria


Después de tantos años siendo un lector de todo lo que cae en mis manos, creo que en ninguna ocasión me había enfrentado a un libro escrito dentro de otro. Algunos autores utilizan el recurso del manuscrito extraviado que, por azarosas maniobras del destino, acaba en manos de un autor de éxito, convirtiéndose en un best-seller. Lo que hoy traigo es un concepto totalmente diferente: es un libro dentro de otro, una matrioska literaria, con su introducción, nudo y desenlace en ambos casos.

Edward Sheffield es el ex marido de Susan Morrow, y autor de Animales nocturnos, el libro que se desarrolla íntegramente dentro de Tres noches. Tras más de veinte años sin saber de él, recibe el manuscrito de la novela, que le costará bastante empezar, pero que una vez iniciado finalizará en tres noches. En él, Tony Hastings viaja con su familia para pasar las vacaciones de verano en su casa de Maine. En un momento dado se encuentran con un vehículo que transita de manera inusitadamente lenta. Cuando por fin lo adelanta, el conductor del otro vehículo vuelve a ponerse a su altura y le asesta varios golpes por detrás con el objetivo de sacarle de la carretera. Así comienza la noche en la que cambiará la vida de nuestro protagonista y su familia. Persecuciones, secuestros y torturas que serán todo un reto para una persona pusilánime y cobarde, pero que guarda un punto oscuro e indeterminado en su interior. En su periplo deberá tratar con verdaderos animales de la noche como los delincuentes que le echan de la calzada, o el teniente Andes, un agente llamado a tener un papel muy importante en la trama, y que, en lo que a personalidad se refiere, es todo lo contrario a Tony Hastings. 

martes, 24 de mayo de 2016

Travesía a Masafuera. ¿Qué no se hace por un amigo?


Al contrario que con 'Libertad', cuyas más de mil páginas me duraron un viaje Madrid-Sevilla ida y vuelta, con 'Más afuera' decidí ir probándolo sorbo a sorbo. Para comenzar a leerlo elegí un lugar y momento idílicos: una fresca mañana de septiembre, junto a una ladera de la Pradera de San Isidro, y con unas espectaculares vistas de algunos de los edificios más representativos del perfil madrileño.


De esta manera y en este lugar comencé la lectura de 'Más afuera', un libro que no deja indiferente, pues no nos encontramos ante el típico tomo. No es una novela, no es un libro de viajes, no es periodismo. Y, sin embargo, tiene un poco de todo eso.

Con el estilo inconfundible de Jonathan Franzen, el libro aborda una amplia cantidad de temas en otros tantos escritos, la mayor parte de ellos anteriormente publicados en revistas estadounidenses como 'The New Yorker'.

Desde la industria que rodea a las bodas ("si quieres a alguien, tienes que comprar cosas"), pasando por la incidencia de la tecnología en nuestras vidas ("cuanto más busca uno distracciones, menos eficaz es cualquier distracción concreta [...] Acabé consultando mi e-mail cada diez minutos"), llegamos a los que para quien esto suscribe son los dos relatos más brillantes del libro. 

El primero de ellos, el que sirve de título al conjunto, 'Más afuera' es un sentido homenaje a su amigo fallecido, y también escritor, David Foster Wallace. Con este pretexto, Franzen nos traslada a la lejana isla Alejandro Selkirk (llamada 'Masafuera' hasta 1966), perteneciente a Chile,  a la que es prácticamente imposible acceder en bastantes épocas del año, y en la que le ocurrirán mil peripecias (algunas incluso a costa de su salud y su físico) en su afán de conocer la población de aves que habita este remoto lugar y depositar las cenizas de su amigo fallecido dos años antes. ¿Qué no se hace por amigo, verdad?

Al igual que en 'Más afuera', en 'Libertad' demostró que es un gran ornitólogo y amante de la naturaleza, y una vez más lo vuelve a dejar patente en 'El frailecillo chino'. Con la excusa de las especies de aves amenazadas en China, Franzen nos enseña la cara más oculta que se esconde tras la industrialización del gigante asiático, y de cómo aquélla se está llevando a cabo a costa de la degradación y destrucción de los espacios naturales del país.

Otros relatos interesantes son 'El mediterráneo feo', donde nos enseña la cara más aciaga de un país como Chipre muy poco tourist friendly, o 'Solo llamaba para decir te quiero', una crítica despiadada del uso de las tecnologías y las redes sociales para la publicación de sentimientos que no tendrían por qué salir de las cuatro paredes de un hogar.

'Más afuera' es un libro muy interesante, que recuerda a la mejor literatura de viajes y a la mejor prosa periodística de mediados del siglo XX. Y todo ello de la mano de un gran ornitólogo y naturalista como es Jonathan Franzen. Muy recomendable.

domingo, 7 de febrero de 2016

Una habitación oscura


Como reclamo, el detalle de todas y cada una de las mujeres que han pasado por la vida de un escritor, y la tipología (creada expresamente por dicho escritor) en la que se encuadran las mismas, no parece lo más adecuado desde el punto de vista del marketing. Pero si ese escritor es James Ellroy, la cosa cambia, porque él escribe (casi) todo bien.

A la caza de la mujer trata, como su nombre sutilmente indica, sobre el proceso vivido por Ellroy a lo largo de su vida para encontrar a su otra mitad. Una búsqueda ardua que comienza a una temprana edad, cuando toma conciencia del asesinato de su madre (a la que había deseado la muerte tres meses antes) y su padre le regala unas gafas de rayos X con los que se inicia en el voyeurismo. Con estos dos datos no es difícil llegar a la conclusión de que Ellroy no se crió en una familia precisamente estructurada, lo cual va a resultar determinante el resto de su vida, en su obra y, por supuesto, en la búsqueda de una mujer adeucada.

Más tarde, en su época adolescente, tenía una delicada manera de presentarse ante las chicas que le gustaban, que era allanando sus casas. Todo un galán. Ello cuando no se estaba drogando con una solución de algodón tóxico, hand made.

Teniendo en cuenta su niñez y su adolescencia todo hacía presagiar que la edad adulta de Ellroy no iba a ser un camino de rosas en lo que a experiencias amorosas se refiere. Narra los encuentros esporádicos con Penny en una de las lavanderías que atestan las calles de Nueva York; el primer matrimonio, que acabó en fracaso; la relación con Joan "la Diosa", a la que abandona porque una crisis nerviosa le ataca antes de llegar al altar; o su acercamiento a Karen, casada y con dos hijos, a la que pide insistentemente que "deje al gay de su marido". Hasta llegar a Erika, "Ella", con mayúsculas, su mujer en el momento de escribir el libro.

Escrito con una prosa ágil, como la que caracteriza toda la obra de Ellroy, el libro va perdiendo un poco de interés hacia la mitad, cuando se suceden, unas tras otras, las crisis nerviosas (y los cócteles de ansiolíticos utilizados para apagarlas) que impiden a Ellroy ser feliz junto a una mujer. Por otra parte, el libro se disfruta más si se conoce la obra del autor, pues será más fácil identificar a cada una de las mujeres con los personajes de sus libros. De lo contrario, puede resultar algo tedioso. 

Lo que queda claro es que la relación de James Ellroy con las mujeres ha sido una habitación oscura en la que ha entrado muy poca luz durante toda su existencia. Y así queda plasmado en estas páginas.

martes, 9 de julio de 2013

Hasta los malos llevan bozal


La primera vez que fui al cine tendría unos 5 ó 6 años. Hace, por tanto, la friolera de veinte años que me adentré en la oscuridad de una sala con un objetivo, por aquel entonces, no muy bien definido. Pero recuerdo como si fuera hoy mismo el terror que sentí cuando un Danny de Vito caracterizado como 'El Pingüino' devoraba la nariz de un mordisco a uno de los miembros de la alta sociedad de Gotham City. Hoy ni siquiera eso sería posible, pues el malo de 'El Caballero Oscuro: La leyenda renace' lleva bozal, y tiene una voz que a veces impone, y otras sólo da risa.

Y es que uno de los puntos fuertes de las películas de Batman siempre han sido los malvados personajes que campan a sus anchas por Gotham City. Cómo olvidar al ya mencionado Pingüino, o al 'Dos Caras' interpretado por Tommy Lee Jones, o al 'Enigma' del zumbado Jim Carrey, y cómo no al 'Joker' del malogrado Heath Ledger (y sin dejar de lado la adaptación que en su día clavó Jack Nicholson). En la última secuela de la saga la maldad del encargado de sembrar el pánico en Gotham, Bane, no les va a la zaga a los anteriores, pero con la novedad de que para sus fechorías aprovecha la desesperación y el desencanto de los habitantes de la ciudad (algo muy común en estos tiempos, y estoy pensando en el caso de Grecia y su 'Amanecer Dorado'), que se unen a él en contra de los abusos de la clase dirigente de Gotham.

De Batman se puede esperar lo de siempre: aparatitos molones de última generación, con una capacidad mortífera sobrehumana y un ingenio fuera de lo normal. Interpretado en esta ocasión por Christian Bale (en esta ocasión más equilibrado que en 'American Pshyco'), y acompañado por su fiel mayordomo, encarnado por un dignísimo Michael Caine.

La trama es la de siempre: malo o grupo de malos quieren acabar con el mundo (sin pensar, al parecer, dónde podrán su tienda ellos después del Apocalipsis) y Batman y sus gadgets lo impiden, pero acompañados en esta ocasión por Anne Hathaway o 'Cat Woman' (bastante más guapa y llamativa que en 'Alicia en el País de las Maravillas' de Tim Burton). Obviamente en el trasfondo hay algo más, pero dejo que lo descubra a quíen todavía le pueda apetecer. Lo mejor de la película se encuentra en una de estas tramas secundarias, y muestra de ello son los escalofriantes gritos al unísono que aparecen en el trailer (y que no aparecen en la escena a la que pertenecen dentro del filme): cómo salían del pozo al que eran desterrados los condenados...y Batman.

En fin, un film muy efectista, con mucha acción, y que cumplirá las expectativas del espectador no muy exigente. Pero una cosa está clara, los niños que la vean no pasarán aterrados toda la noche ni mancharán de pipí los pantalones, porque en esta ocasión, aunque el malo quisiera darse un festín de cartílagos nasales no podría, porque hasta los malos llevan bozal.

domingo, 31 de marzo de 2013

Los caimanes que se comieron el final

Estoy seguro de que en más de una ocasión os ha pasado estar leyendo un libro y ver cómo se acercando el final y las dudas surgidas a lo largo del mismo no quedaban despejadas hasta las dos últimas páginas, y de un modo atropellado. Pues bien, en 'Tierra de caimanes', de Karen Russell, ni siquiera es así, porque el final llega, el libro termina, y muchas incógnitas se quedan donde estaban. Los caimanes habrán devorado el final.

'Tierra de caimanes' tiene un ritmo exasperantemente lento y en más ocasiones de las necesarias se detiene en aspectos que no tienen ninguna relevancia para la trama. Si ya de por sí ésta no es suficientemente atractiva, el resultado es un libro muy poco recomendable.

El hilo argumental gira en torno al hundimiento de un parque temático de cría de caimanes debido a la muerte de su estrella principal, Hilola Bigtree, y por la apertura a unos kilómetros de un nuevo centro de ocio, "El Universo Oscuro". El libro puede tener cierto interés para quien busque encontrarse con un poco de la idiosincrasia de las gentes de la ciénaga y la orografía del Sur del estado de Florida y para quien sueñe perderse por un sistema de canales interminables infestados de caimanes, pero por regla general es difícil encontrar el motivo que puede llevar a terminar el libro.

Se trata de combinar realidad con ciencia-ficción, y el resultado es uno de los pasajes más entretenidos del libro, en el cual la protagonista se afana en buscara su hermana Ozzie, de la mano del Hombre-Pájaro, un gitano que se dedica a mantener limpios los campos de los temidos busardos (capaces de raptar a personas con su pico), vestido de pájaro. La confianza y el valor que se da a la misma en un mundo de desconocidos tienen un papel importante en esta parte del libro.

En definitiva, "Tierra de caimanes"es un libro bastante irregular que no cumple ni una sola de las expectativas depositadas en él, salvo para aquellos amantes de los caimanes y de Florida, y en ocasiones ni tan siquiera. Un buen libro, eso sí, para tenerlo en la mesilla de noche y que te ayude a dormir muy profundamente.

martes, 8 de enero de 2013

Comer con los ojos



Afortunadamente para mí, las horas de lectura de "Siempre hemos vivido en el castillo", de la estadounidense Shirley Jackson han sido o justo antes de dormir, y por tanto después de la cena, o en el trayecto de Metro de casa al trabajo, y por tanto después de desayunar. De lo contrario, he de reconocer que lo hubiese pasado bastante mal saboreando con los ojos la infinidad de platos y delicias que se dan cita en el libro.

La cocina es el centro de la historia: en ella se encuentra el origen de la fatal suerte corrida por los miembros de la familia que habita la casa, y en ella está el único motivo de felicidad para las dos miembros que sobrevivieron a la tragedia que se cernió sobre ellos. En el primer caso, el arsénico mezclado con azúcar que los miembros de la familia ingirieron en su última cena. En el segundo, por los platos que salen de la mente y las manos de Constance, la mayor de las dos hermanas supervivientes. El contexto de ese oasis de paz y buenos alimentos es un pueblo que les odia y que les ha condenado al ostracismo por considerar que están malditas, al igual que la casa que habitan con su gato Jonas.

Es cierto que puede resultar algo cargante el personaje de Mary Katherine, y uno no sabe muy bien qué edad (mental) tiene ni cuáles son sus propósitos, aunque más tarde se descubrirán, pero es el hilo vertebrador de esta breve y no muy densa historia. No hay que olvidar al primo Charles y su avaricia, los cuales se encuentran en el origen de las desgracias que habrían de caer sobre la causa. Sin embargo, pese a ello, el libro es una lección de que aún en las peores circunstancias los seres humanos han de saber reponerse y continuar con lo que la nueva situación les ha dado.

Un libro para disfrutar, más allá de su historia, de las conservas hechas por Constance y que guarda en la despensa, de pasteles rosas con decoraciones doradas, de tostadas con queso fundido, de mermelada de arándanos, de fruta fresca y legumbres recién recogidas...

martes, 3 de julio de 2012

La buena Literatura


"Un buen libro debe ser simple. Y como Eva, debe provenir de algún lugar entre la segunda y la tercera costilla": debe haber un corazón latiendo en su interior".

"Desde luego, Brooklyn es un lugar un poco sucio", admitió. "Pero para mí simboliza un estado mental, mientras que Nueva York es sólo un estado financiero".

Un Parnaso o librería ambulante, tirado por una vieja yegua, capitaneado por un loco profesor, acompañado por un perro, y todo ello adquirido por 400 dólares de los años 20 por una señora solterona especialista en hornear pan en la granja familiar. Éste podría ser, básicamente, el resumen de "La librería ambulante", pero como no puede ser de otra forma caeríamos en el riesgo de ser demasiado simplistas y de perder la quintaesencia contenida entre sus páginas.

Porque "La Librería ambulante" es el amor por la Literatura, es llevar hasta el extremo la pasión por los libros, hasta el punto de hacer de ellos tu hogar y casi tu única compañía, únicamente por el afán de hacer extensiva la cultura a todos los lugares. Así como el grupo de teatro "La Barraca", dirigido por Federico García Lorca, se proponía llevar la pasión por el teatro a los pueblos más denostados en aquel período inicial de la II República, el profesor Mifflin hace lo posible por llevar los buenos libros a los granjeros del Medio Este americano, sin ninguna otra pretensión que intentar transmitirles un poco del amor que él siente por ellos o de que por lo menos tengan la oportunidad de intentar experimentarlo.

Pero "La librería ambulante" no son únicamente libros, sino también los copiosos y deliciosos menús que prepara Hellen McGill en su granja (la carne con salsa de manzana, las crujientes y calientes hogazas de pan, los donuts caseros, el café recién hecho) y también los paisajes de esa América profunda que tan bien sabe explicar Christopher Morley (las suaves brisas de las mañanas de otoño, el salitre de las ciudades costeras, el tintineo de los árboles con la suave brisa del atardecer).

Desde luego, este libro cubre sobradamente con las expectativas depositadas en él, y cumple con la máxima que abre este post. Es un libro simple, y contiene un corazón que late por muchos motivos, pero sobretodo por el amor a la Literatura, a la buena Literatura.