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miércoles, 24 de abril de 2024

El vacío de miles de cometas al bailar

“Mala cosa el orden, señorita. Una se levanta por la mañana y ve que no ha cambiado nada de lugar. Que solo hay un plato en el fregadero. Que no va a entrar nadie corriendo por el pasillo. Y que todo va a seguir igualito en el mismo sitio a las once y a las tres y a las nueve.

Habrá un día en que eche en falta este revoltijo, se lo digo yo.

Y que se emocione, dentro de mucho, cuando vea una peonza en el cajón de los cubiertos”.

'Los ingratos'. Pedro Simón.

 
Tanto tiempo queriendo en casa un tiempo prolongado de silencio, y cuando por fin llega la tan deseada tregua, no sabemos cómo llenar el espacio que deja.

La tensión del día a día no ayuda precisamente que al llegar a casa lo que más apetezca sea continuar escuchando esa tensión adornada, esta vez, de gritos infantiles y peleas a base de golpes y pellizcos seguidos de carreras a lo largo y ancho de la casa.

Sin embargo, cuando al llegar a casa reina la paz, los gritos se han apagado y se puede escuchar hasta el revolotear de los últimos pájaros de la tarde, empiezas a cuestionarte sí podrías soportar ese silencio impostado para siempre. 

Porque sí, el silencio de esta semana es temporal, pero sobre todo, voluntario. Y, aún así, puedes llegar a presentir un ahogo en el pecho, siquiera de manera infinitesimal, solo de pensar en que hay padres que se encuentran con una ausencia definitiva y no buscada, sino impuesta.

No es posible llegar a imaginar el desgarro interior que ha de notarse cuando el silencio se adueña de la casa y deja de haber juguetes desparramados por todas las habitaciones. Por eso, nos alegraremos cuando el viernes volvamos a tener que alzar la voz para acallar los gritos y peleas que, de buen seguro, empezarán a producirse cuando cruce el umbral de la puerta.

Y es que si cuando bailas llueven miles de cometas, el vacío que dejas es imposible de llenar solo con silencio. 

jueves, 11 de enero de 2024

Fácil para mí

A finales de noviembre, mientras merodeábamos por las tiendas de restauración del aeropuerto de Bruselas en busca de algo para desayunar que no pusiera en riesgo la estabilidad financiera de nuestra familia, comenzó a sonar la canción 'Easy on me', de Adele.


Quizá fuera el ambiente prenavideño en el que nos encontrábamos (veníamos de darnos un atracón de mercadillos y atracciones navideñas en Bruselas, Brujas y, en menor medida, Gante) del que un no-lugar como un aeropuerto tampoco puede abstraerse, o quizá fuese la sensación de encontrarnos en un país ajeno (cercano pero ajeno, al fin y al cabo), lejos de nuestros familiares, y ser consciente de que muchas personas se ven abocadas a vivir esa misma sensación, y no de manera voluntaria, sino empujados por la necesidad de labrarse un futuro en tierra extraña, pero lo cierto es que esa canción, en ese momento, logró remover algo en mi interior como hacía tiempo que ninguna otra lo hacía.

Y quizá fuese ese "click", experimentado entre cafés a precios desorbitados, el que hizo que la familia (y el concepto propio de la misma) cobrase a partir de ese momento un nuevo sentido que, aunque hasta ahora había estado latente, en adelante iba a estar más presente que nunca.

Nuestra cabeza puede estar repleta de problemas durante la mayor parte de nuestra existencia (laborales, frustraciones por la no consecución de un objetivo material, etc.), pero tiene la capacidad de relativizar todo y de mandar al fondo del cajón de las prioridades hasta la mayor de esas complicaciones cuando un ser querido (o un conjunto de ellos) comienza a pasar por dificultades dignas de tal nombre.

La carga excesiva de trabajo, la presión por los plazos de entrega, la falta de reconocimiento, elementos que nos atenazan en el día a día hasta el punto de hacer tambalear nuestra estabilidad emocional, pasan de manera automática a un plano completamente invisible cuando un ser querido pasa por una dificultad que te hace plantearte hasta qué punto las tuyas lo son.

Esta Navidad que acaba de terminar me ha servido para valorar la importancia de querer y ser querido, de cuidar y ser cuidado; de lo importante que es el sentido de pertenencia a un sitio, a un lugar, a un grupo, se componga éste de amigos o de familia; de lo imprescindible que es arropar y ser arropado cuando el año que acaba de terminar ha sido duro y el que comienza tiene retos colosales por delante.

Seguramente, ni la Navidad ni los propósitos de Año Nuevo nos ayuden a ser mejores personas, pero, al menos en mi caso, me han enseñado a valorar más y mejor los buenos y, también, los malos momentos, precisamente por ser consciente de la red de apoyo que tenemos bajo nuestros pies. Sabiéndolos cerca en todo momento, cualquier reto es fácil para mí.

domingo, 2 de enero de 2022

2022, una nueva hoja en blanco


A los que todavía seguimos escribiendo a mano de manera habitual nos suele gustar la metáfora de un nuevo año como una hoja en blanco por rellenar. Esta página por escribir nunca está cuadriculada (ojalá), y rara vez suele estar pautada con esas suaves líneas de color neutro que caracterizan los cuadernos escolares. Lo normal es que sea lisa, y que sean nuestros actos los que vayan conformando el sentido de cada una de las líneas que se vayan insertando en ella.

Sin embargo hay páginas/años en los que desde el principio notamos la existencia de realces, hendiduras y/o rasgaduras que van a condicionar, cuando no imposibilitar, la escritura. Hay páginas en las que desde nuestra posición omnisciente alcanzamos a contemplar algo que, práctica seguridad, a lo largo de la escritura nos dará problemas. 

Puede pensarse que desde 2020 los renglones que vamos confeccionando son susceptibles de alguna salpicadura o tachadura, pero hay veces que esa fuerza exógena no es tan evidente como una pandemia mundial, la cual se vale por sí sola para desestabilizar el trazo de millones de personas. No, en multitud de ocasiones el condicionante es más mucho más cercano. En ocasiones, se nos presenta en forma de pequeñas migas o granitos de arena que se cuelan entre página y página, que nos impiden seguir escribiendo con naturalidad, y que en ocasiones obligan a desistir de la tarea y seguir, en el mejor de los casos, intentándolo en otra parte de la hoja. 

No somos nosotros los que introducimos estos pequeños granitos, sino que puede ser el viento, o simplemente el hecho de no haber limpiado convenientemente la superficie sobre la que se apoya el papel, y que hace que, frecuentemente, se enturbie cualquier tipo de material que se pose sobre la misma. Y claro, cuando lo que mancha toca el papel es imposible seguir escribiendo de ninguna manera. Es, en cualquier caso, siempre un agente externo, más o menos poderoso, el que dificulta o imposibilita la escritura.

En 2022 habrá borrones, migas y arena que harán muy difícil la escritura del guion de este año, pero la página es grande y lo más probable es que hayamos de continuar escribiendo en otra zona. ¿Por qué no? Lo importante es ir completando capítulos.

Feliz página nº 2022.

sábado, 2 de octubre de 2021

Vallecas fue un cuadro de Brueghel el Viejo


Todo apuntaba a que la nevada que iba a caer sobre Madrid iba a ser histórica. Y la verdad es que casi nadie pudo imaginar la situación tan dantesca que íbamos a acabar viviendo durante más de una semana.

Filomena empezó a enseñar su potencial el jueves 7 de enero, con unos pequeños copos que ya comenzaron a platear los árboles desnudos de la ciudad, pero que ni de lejos permitían imaginar lo que se avecinaba.

El día siguiente, viernes 8, comenzó frío pero normal como cualquier viernes invernal: con tráfico, con temperaturas gélidas, con la ciudad desperezándose lentamente según avanzaban las horas. A mediodía, empezó a caer nieve con una intensidad que auguraba una situación inusual. En muchos centros de trabajo, incluido el mío, se permitió la salida anticipada de los empleados para evitar que se quedaran embotellados en los más que presumibles atascos que se iban a ir formando con el avance de la tormenta. En aquellos en los que no se pudo o no se quiso, eso fue precisamente lo que acabó pasando.

Vivir pegado, literalmente, a la M30 ese día nos proporcionó un mirador ideal desde el que contemplar la complicada situación que se estaba generando en toda la ciudad en general, y en nuestra zona en particular. 



Ya de madrugada, comprobando que había gente atrapada en los coches, fue cuando intentamos ayudar de cualquier forma para intentar permitirles sobrellevar la situación de la manera menos penosa posible. Algo (aunque poco) conseguimos en ese sentido.

La mañana del sábado 9 comenzó nublada y con Filomena dando sus últimos coletazos en forma de nieve. La situación todavía era desapacible, pero nos permitió acercarnos a pie hasta la plaza de Conde de Casal. Por el camino pudimos contemplar una imagen apocalíptica de la M30, solitaria, sin coches, con personas caminando sobre la nieve posada a su vez sobre el asfalto. Una imagen que podría estar sacada de cualquier relato de Cormac McCarthy.



En Conde de Casal había ambiente festivo, con todo el mundo jugando y disfrutando con la nieve, olvidando por unos momentos la situación de pandemia en la que nos encontrábamos. Incluso algún valiente en coche vimos pasar. No duró mucho circulando.

Después de volver a casa empapados, comimos algo y descansamos. Por la tarde, ya había dejado de nevar, y como la situación estaba más tranquila, decidimos acercarnos hasta el parque del Cerro del Tío Pio (comúnmente conocido como de las Siete Tetas), pero no sin antes comprobar desde la ventana la quietud en la que había quedado todo, con el cielo todavía malva, proyectando una luz espectral sobre todo el ambiente, en unas imágenes, con el Pirulí al fondo, y todas las luces de las casas encendidas, que recordaban a una ciudad futurista como la de Blade Runner.




Después de acercarnos al futuro desde el salón de nuestra casa emprendimos el camino hacia el parque, materializando una de las mejores decisiones que hemos tomado en lo que va de año (básicamente porque estuvimos a punto de no hacerlo).

El camino hasta el parque fue lento y tortuoso, debido a la gran cantidad de nieve acumulada en las calles, pero una vez que llegamos, comprobamos que estaba lleno de vida, de esa vida que nos ha sido parcialmente arrebatada en este último año y medio. Jóvenes que habían desempolvado sus tablas de snowboard o sus esquís, pero no para surcar los remontes de la sierra de Guadarrama o La Pinilla, sino para conquistar cada uno de los siete montículos que dan nombre oficioso al parque más famoso de Vallecas.


De repente, desde lo más alto de la montaña más alta, el barrio se había convertido en un cuadro de Brueghel el Viejo: un paisaje completamente invernal, con un cielo violeta que destilaba frío, los tejados, las calles y la hierba cubiertos por la nieve, y en el fondo cientos de diminutos puntos negros en movimiento, disfrutando de la histórica jornada de nieve en el centro de la ciudad.







A la vuelta, el panorama era desolador: ramas de árbol vencidas por el peso de la nieve, coches y ambulancias, así como autobuses abandonados. Sin embargo, este escenario catastrófico no iba a hacer que olvidásemos el espectáculo que acabábamos de contemplar.

La mañana del domingo 10, el cielo se despertó limpio y azul, el ambiente gélido y los ánimos repuestos. La ciudad era ahora un gran parque del que disfrutar sin prisas. Los problemas comenzarían un día después, el lunes, con una ciudad colapsada por la nieve, que tardaría semanas en estar operativa, pero eso ya no es tan amable de contar...



domingo, 14 de marzo de 2021

Un ticket de parking y un bolígrafo


Este ticket de parking y este bolígrafo simbolizan el paso del tiempo desde los primeros días de incertidumbre y el inicio del duro confinamiento que comenzó hoy justo hace un año.

El ticket de parking tiene un año y un día. Tiene impresa una fecha (el 13 de marzo de 2020) y una hora (las 14:56). Fue el momento exacto en el que entré en el parking del supermercado en el que intenté comprar las últimas provisiones antes de encerrarnos a cal y canto en nuestras casas. Viniendo del trabajo pude escuchar en la radio que la Comunidad de Madrid acababa de decretar el cierre de todos los establecimientos no esenciales, como preludio al confinamiento generalizado que se iba a adoptar el día siguiente. Pero en ese momento la incertidumbre era enorme, y nadie sabía en qué momento se iba a hacer oficial, por lo que desde unos días atrás, coincidiendo con el cierre de los centros educativos, la población había empezado a hacer acopio (quizá de manera excesiva) de víveres y productos de primera (y no tan primera) necesidad. A las 15:00 de la tarde del 13 de marzo, el supermercado era un erial. 

Pero ese ticket de parking simboliza algo todavía más profundo. Y es que la fecha que tiene impresa quedará necesariamente grabada en nuestra memoria como nuestro último día en la "antigua normalidad", pues nada hacía presagiar que un año después todavía estaríamos inmersos en esta pesadilla que puso del revés toda nuestra vida. El último día de paseo por la calle sin mascarilla; el último momento para citarnos con nuestros seres queridos antes de una separación forzosa de varios meses; la última ocasión para abrazarnos con aquellos de los que el confinamiento nos separó, y con los que, aún hoy, no nos hemos visto tanto como nos gustaría. En definitiva, el último día de nuestra vida, tal y como la conocíamos hasta ese momento.

El bolígrafo, que empecé el 18 de marzo, ha finalizado su vida útil en el día de hoy, justo cuando se cumple un año de la vigencia del estado de alarma que nos mantuvo en casa durante tres meses, saliendo únicamente de casa para lo estrictamente necesario. Cuando el teletrabajo se presentó en nuestras vidas como una realidad ineludible, a muchos nos pilló con lo puesto. En casa nunca han faltado elementos de escritura (cuadernos, bolígrafos, lápices), pero las ofertas que muchas tiendas con olfato comenzaron a multiplicarse en aquellas fechas, hizo que comprásemos un buen número de ellos, para lo que se preveía un encierro no tan corto como nos habían indicado. Todavía recuerdo la libreta y el asunto exacto en el que lo utilicé: el estudio del Real Decreto-Ley publicado por el gobierno en el que se fiaba a la figura de los expedientes de regulación temporal de empleo el mantenimiento de los puestos de trabajo que estaban en riesgo con motivo del escenario derivado del confinamiento y del parón casi total de la actividad económica del país. Se abría así, con la tinta de un bolígrafo sobre una libreta común, una etapa trepidante, que aún hoy perdura.

Este año ha tenido muchas sombras desde un punto de vista general (muchas vidas humanas se han quedado por el camino, la desigualdad se ha cebado con las personas más vulnerables, la situación económica (general y particular) ha empeorado), pero también ha tenido algunas luces bastante importantes: he conocido, más si cabe, el valor de un compañerismo bien entendido, en el que, aquí sí, nadie se quedaba atrás, y haciendo gala de una sincronía en el remo de la embarcación que evitó que zozobrara en los peores momentos; he comprobado que se puede seguir queriendo a la persona que amas después de cruzarnos durante 24 horas en una vivienda de 70 metros cuadrados; he experimentado de primera mano que, si hay voluntad, se pueden forjar los lazos de la familia y de la amistad en la distancia; y, finalmente, que también en la distancia se puede sufrir con quien lo está pasando mal y temer a un enemigo invisible.

Un año después sabemos que en casa estábamos protegidos, estábamos cuidándonos, al mismo tiempo que en la calle (y sobre todo en los hospitales) había personas jugándose la vida ante algo desconocido. Y justo un año después de intentar hacer la compra en un supermercado desolado y de empezar a gastar la tinta de un bolígrafo, puedo afirmar con total certeza y seguridad que no hemos sido lo suficientemente agradecidos con esas personas. Así que un año después, gracias.  

martes, 19 de enero de 2021

Los límites y las ganas de volar

 "Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento".

 'Tierra de campos'. David Trueba. 2017


En una de sus últimas intervenciones públicas antes de que el maldito cáncer nos privara de su persona y de su obra, el poeta Miki Naranja, desde la habitación 128 del 'Hotel Jorge Juan', contó que una vez, uno de sus hijos le preguntó que si podía ser astronauta y, al mismo tiempo, otro tipo de profesión que requería de preparación y esfuerzo para alcanzar el éxito en la misma (inclúyase aquí, bombero, futbolista, médico, o cualquier otra profesión equivalente). Contaba que él le había contestado, desde la visión lógica de un adulto, que no; que no podía ser astronauta y al mismo tiempo dedicarse a otra profesión, pues el tiempo empleado en formarse para la primera le iba a impedir conseguir, siquiera, aspirar a la segunda. Al poco tiempo, continuaba, se dijo a sí mismo, que quién era él para poner límites a la imaginación de su hijo y a su deseo de compaginar dos oficios que, de primera mano, no resultan fácilmente accesibles.

En ningún momento consideré que lo que contaba Miki Naranja fuera un "invent" como aquellos con los que se suele ridiculizar en Twitter a aquellos padres que, por lo general, suelen poner en boca de sus hijos frases engoladas que sólo han poblado previamente su cabeza, pero hasta ayer había abordado este tipo de conversaciones entre padre e hijo con cierta distancia por desconocer cuánto pudieran tener de construcción literaria que sirviera para dar un encaje perfecto a la anécdota relatada. Sin embargo, ayer fui el destinatario de una pregunta lanzada en términos muy similares, de la que no pude escapar.

De vuelta a casa, finalizando lo que para mi fue una tarde que recordaré siempre, cargado de libros infantiles bajo el brazo, tras haber vivido los primeros momentos de Adriana rebuscando en los estantes de una biblioteca, me preguntó si alguna vez podría llegar a ser cantante y policía a la vez. Es cierto que existen diferencias cuantitativas entre una astronauta y una cantante, pero María Callas no llegó a ser la mejor de su disciplina por ciencia infusa, sino que dedicó años y años de su vida para formarse y llegar a lo más alto. Incluso para ser policía se requiere dedicación académica y preparación física durante un período de tiempo más o menos extenso. Por tanto, desde los ojos de un adulto, así expuesto, podría resultar difícil compatibilizar ambas ocupaciones.

Afortunadamente, Adriana no plantea sus preguntas desde los ojos de un adulto. Mientras por un milisegundo me vi tentado a decirle que no es posible compatibilizar ambos oficios, frené en seco y recordé la conversación de Miki Naranja con su hijo, y le animé a que se esfuerce para poder conseguir lo que se proponga, sea ser cantante y policía o los dos o tres nuevos oficios que comiencen a estar de moda la semana que viene entre sus amigos de clase, porque nosotros, los padres, no somos nadie para, desde nuestra visión ya encorsetada de la vida, poner límites a su imaginación y a sus ganas de volar. 

Y es que llegará el día en que consiga las aspiraciones que tenía previstas, o quizá otras que no lo estuvieran en un inicio, quizá después de haber fracasado en mil ocasiones anteriores, pero es importante que no conozcan cómo termina el cuento en muchas ocasiones, porque solo eso es lo que les permitirá disfrutar del mismo.