domingo, 26 de marzo de 2017

Sangre y sudor en el desierto


Quien más quien menos, en alguna ocasión, se ha dado una cabezada después de comer con John Wayne matando indios al otro lado de la pantalla del televisor, y quien lo niegue es porque no tenía el infernal aparato en casa. Pero resulta que hay gente que visiona películas de vaqueros, e incluso lee novelas de ese género como afición. Para uno, que prefiere otras cosas que llevarse a los ojos, esto parecía imposible hasta que leí 'Un tronar de tambores', de James Warner Bellah.

Distribuido en un prólogo y varios relatos de caballería, el libro se presenta en una cuidada edición de tapas duras y tamaño bastante manejable, lo cual se agradece en los transportes públicos en los que nos desplazamos el común de los mortales. El prólogo, muy interesante, corre a cargo de Alfredo Lara López, que pone de relieve la importancia del libro de Warner Bellah, al haber inspirado la trilogía sobre la caballería americana de John Ford. También destaca el trasfondo racista y misógino de la obra, que no son sino manifestaciones del carácter del propio autor.

En cuanto a los relatos, el cuarto, que es el que da título al libro, es el más consistente. Cuenta la historia de amor existente entre sus protagonistas, pero la misma es digerible al encontrarse dentro de otra historia más amplia y con más matices. El relato permite al lector lego disfrutar la verdadera esencia de la caballería y de su lucha con los indios y todas las tribus que los conformaban.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Una tarde otoñal en Puentenueva (Burgohondo)


Hay muy pocas cosas que anhelo en esta vida, pues me encuentro prácticamente colmado: no aspiro a tener un mejor coche, pues el que tengo me ha llevado a lugares insospechados; tampoco a tener una casa más grande, pues en la que vivo nos protege de todo lo malo que pueda haber en el exterior; asimismo, el dinero que gano me alcanza para cubrir las necesidades básicas vitales; y, finalmente, tengo una familia que me quiere y a la que adoro.

martes, 15 de noviembre de 2016

Matrioska literaria


Después de tantos años siendo un lector de todo lo que cae en mis manos, creo que en ninguna ocasión me había enfrentado a un libro escrito dentro de otro. Algunos autores utilizan el recurso del manuscrito extraviado que, por azarosas maniobras del destino, acaba en manos de un autor de éxito, convirtiéndose en un best-seller. Lo que hoy traigo es un concepto totalmente diferente: es un libro dentro de otro, una matrioska literaria, con su introducción, nudo y desenlace en ambos casos.

Edward Sheffield es el ex marido de Susan Morrow, y autor de Animales nocturnos, el libro que se desarrolla íntegramente dentro de Tres noches. Tras más de veinte años sin saber de él, recibe el manuscrito de la novela, que le costará bastante empezar, pero que una vez iniciado finalizará en tres noches. En él, Tony Hastings viaja con su familia para pasar las vacaciones de verano en su casa de Maine. En un momento dado se encuentran con un vehículo que transita de manera inusitadamente lenta. Cuando por fin lo adelanta, el conductor del otro vehículo vuelve a ponerse a su altura y le asesta varios golpes por detrás con el objetivo de sacarle de la carretera. Así comienza la noche en la que cambiará la vida de nuestro protagonista y su familia. Persecuciones, secuestros y torturas que serán todo un reto para una persona pusilánime y cobarde, pero que guarda un punto oscuro e indeterminado en su interior. En su periplo deberá tratar con verdaderos animales de la noche como los delincuentes que le echan de la calzada, o el teniente Andes, un agente llamado a tener un papel muy importante en la trama, y que, en lo que a personalidad se refiere, es todo lo contrario a Tony Hastings. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Tres presas y un ábside milagroso

La ruta que hoy traemos habrá de llevarnos desde la histórica presa del Pontón de la Oliva hasta la más reciente presa de la Parra. Y desde ésta a Talamanca de Jarama, un pueblo de la Comunidad de Madrid con uno de los patrimonios medievales mejor conservados de la región.

Como punto de partida utilizaremos la presa del Pontón de la Oliva, que se encuentra a 5 kilómetros del pueblo de Patones de Abajo. Una vez hayamos llegado a aquélla dejaremos el coche en el aparcamiento ubicado a la izquierda de la carretera de ascenso. De esta manera nos ahorraremos subir a pie la empinada cuesta que se encuentra a los pies de la pared exterior de la presa.


Una vez crucemos (con sumo cuidado) la carretera y culminemos los escasos 200 metros que nos separan de la presa en línea recta, llegaremos a la gran pared de sillares que caracteriza al Pontón de la Oliva. Esta presa fue construida por prisioneros de las Guerras Carlistas, y su principal cometido era el de formar parte de la red de abastecimiento de agua potable para la ciudad de Madrid. Sin embargo, sus arquitectos (Juan Rafo y Juan de Ribera) eligieron mal su ubicación y, a consecuencia de ello, se produjeron grandes filtraciones de agua, que aconsejaron el desuso de la construcción. Hoy forma parte del patrimonio histórico del Canal de Isabel II.

Y si característica es su gran pared no lo es menos la pasarela adosada al muro izquierdo de la presa. Por ella debemos encaminarnos para comenzar nuestra ruta. A medida que avanzamos podemos observar unas argollas clavadas en la piedra, que según algunas fuentes, servían para mantener amarrados durante las interminables jornadas de trabajo a los prisioneros que forzosamente participaron en la construcción de la presa. Por la ubicación de las argollas y la distancia existente entre aquéllas y la presa esta teoría puede resultar discutible, pero tampoco es descartable. 


Dependiendo del día y de la meteorología, en este tramo y el que discurre bordeando los meandros del curso bajo del río Lozoya, es posible que nos encontremos con otros senderistas que, según el caso, pueden ralentizar bastante nuestra marcha. Es un tramo muy estrecho y es complicado adelantar.

martes, 24 de mayo de 2016

Travesía a Masafuera. ¿Qué no se hace por un amigo?


Al contrario que con 'Libertad', cuyas más de mil páginas me duraron un viaje Madrid-Sevilla ida y vuelta, con 'Más afuera' decidí ir probándolo sorbo a sorbo. Para comenzar a leerlo elegí un lugar y momento idílicos: una fresca mañana de septiembre, junto a una ladera de la Pradera de San Isidro, y con unas espectaculares vistas de algunos de los edificios más representativos del perfil madrileño.


De esta manera y en este lugar comencé la lectura de 'Más afuera', un libro que no deja indiferente, pues no nos encontramos ante el típico tomo. No es una novela, no es un libro de viajes, no es periodismo. Y, sin embargo, tiene un poco de todo eso.

Con el estilo inconfundible de Jonathan Franzen, el libro aborda una amplia cantidad de temas en otros tantos escritos, la mayor parte de ellos anteriormente publicados en revistas estadounidenses como 'The New Yorker'.

Desde la industria que rodea a las bodas ("si quieres a alguien, tienes que comprar cosas"), pasando por la incidencia de la tecnología en nuestras vidas ("cuanto más busca uno distracciones, menos eficaz es cualquier distracción concreta [...] Acabé consultando mi e-mail cada diez minutos"), llegamos a los que para quien esto suscribe son los dos relatos más brillantes del libro. 

El primero de ellos, el que sirve de título al conjunto, 'Más afuera' es un sentido homenaje a su amigo fallecido, y también escritor, David Foster Wallace. Con este pretexto, Franzen nos traslada a la lejana isla Alejandro Selkirk (llamada 'Masafuera' hasta 1966), perteneciente a Chile,  a la que es prácticamente imposible acceder en bastantes épocas del año, y en la que le ocurrirán mil peripecias (algunas incluso a costa de su salud y su físico) en su afán de conocer la población de aves que habita este remoto lugar y depositar las cenizas de su amigo fallecido dos años antes. ¿Qué no se hace por amigo, verdad?

Al igual que en 'Más afuera', en 'Libertad' demostró que es un gran ornitólogo y amante de la naturaleza, y una vez más lo vuelve a dejar patente en 'El frailecillo chino'. Con la excusa de las especies de aves amenazadas en China, Franzen nos enseña la cara más oculta que se esconde tras la industrialización del gigante asiático, y de cómo aquélla se está llevando a cabo a costa de la degradación y destrucción de los espacios naturales del país.

Otros relatos interesantes son 'El mediterráneo feo', donde nos enseña la cara más aciaga de un país como Chipre muy poco tourist friendly, o 'Solo llamaba para decir te quiero', una crítica despiadada del uso de las tecnologías y las redes sociales para la publicación de sentimientos que no tendrían por qué salir de las cuatro paredes de un hogar.

'Más afuera' es un libro muy interesante, que recuerda a la mejor literatura de viajes y a la mejor prosa periodística de mediados del siglo XX. Y todo ello de la mano de un gran ornitólogo y naturalista como es Jonathan Franzen. Muy recomendable.