jueves, 4 de mayo de 2023

Palabras para un oscuro futuro


"Hija mía es mejor vivir

con la alegría de los hombres

que llorar ante el muro ciego".

La poesía es uno de los géneros más inaccesibles hasta para el lector menos perezoso a la hora de enfrentarse a las solapas cerradas de un libro. Por lo general, la narrativa es elegida para los momentos de distensión, como entretenimiento en vacaciones, fines de semana o en los momentos finales del día, cuando la mente está (o debería estar) más despejada.

Un peldaño por encima se encuentra el ensayo, un género no tan sencillo de encarar como la narrativa, que exige un punto adicional de concentración en el tema concreto del que trate el libro, y que no siempre tiene que coincidir con nuestros intereses, asegurándonos así una apertura del conocimiento a campos inexplorados en su totalidad o en su mayor parte.

Pero la poesía siempre necesita de una atención adicional (no es suficiente una atención superflua que, en muchas ocasiones, dedicamos a una novela o a un ensayo que no nos interesa en exceso) y precisa que, como lectores, hagamos un ejercicio de situarnos en la piel del poeta para tratar de entender el sentimiento y las circunstancias que le llevaron a trasladar sus pensamientos a los versos del poema.

Por estos motivos, hasta hace muy poco no me había atrevido todavía a tomar prestado, ni mucho menos comprar, un poemario. Pero hace relativamente poco tuve conocimiento de una inspiradora entrevista al tristemente fallecido Miki Naranja que hizo sacudir las telarañas de ese pensamiento e hizo que perdiera ese miedo atávico al género. A día de hoy, son varios los poemarios que esperan el turno en las estanterías, y otros tanto, como el que hoy analizo, que ya han sido leídos en esos momentos de mayor lucidez mental.

Es cierto que el poemario elegido en esta ocasión no era del todo desconocido, porque ¿quién no ha escuchado alguna vez el 'Palabras para Julia' en la voz rasgada de Paco Ibáñez. Pero siendo ese el emblema del poemario de José Agustín Goytisolo (y el motivo por el que más de un lector habrá recalado en las páginas de este libro), estos versos no son la única razón por la que deberíamos detenernos en la obra de este poeta catalán.

 

Volviendo al 'Palabras para Julia', los que somos padres, y más concretamente de descendientes del género femenino, nos hemos imaginado en alguna ocasión preparando a nuestros hijos para el tránsito de la niñez a la vida adulta. Y en esa conversación figurada bien les podríamos advertir de que se sentirán acorralados, perdidos o solos, que sentirán que la vida ya no tiene objeto y que es un asunto desgraciado; pero en un intento desesperado de animarlos les recordaremos que, a pesar de todo, la vida es bella, que tendrán amigos y conocerán el amor, que pese a las ganas de lo contrario no deberán rendirse ni apartarse junto al camino. Y algún día, viéndolos partir, nos quedaremos pensando en ellos, como ahora los pensamos.

Pero sería injusto terminar la reseña en este punto, haciendo mención únicamente al archiconocido 'Palabras para Julia', y obviando otros que merecen igual o más mérito que aquél, por las circunstancias en que fueron creados. Y es que teniendo en cuenta que el poemario fue escrito en plena dictadura franquista, textos como 'Mala cabeza', 'Soldado si' y 'Más que una palabra' denuncian la situación de represión que se estaba viviendo en España, a la vez que reivindicaban y ensalzaban el valor de la libertad robada al pueblo.

En la habitación

de al lado

en la misma

habitación

que hasta hace poco

era mía

rodeada de los mismos

libros en las

mismas librerías

mirando los mismos

cuadros sobre las

paredes mismas

toda asombro

vida ojos

amor manos

alegría

canta y juega

ríe ríe

una niña una

niña

Otros poemas de amor paterno-filial ('Con nosotros' o 'Soledad') o amor romántico cierran este clásico de la poesía española editado por Lumen, constituyendo un buen libro para iniciarse en este género.

Por mi mala cabeza

yo me puse a escribir.

Otro por mucho menos

se hace guardia civil.

 

Por mi mala cabeza

creí en la libertad.

Otro respira incienso

las fiestas de guardar.

 

Por mi mala cabeza

contra el muro topé.

Otro levantó el muro

con los cuernos tal vez.

 

Por mi mala cabeza

sólo digo verdad.

Por mi mala cabeza

me descabezarán.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Fingir


Nos encontramos en una época, este período prenavideño, en el que a muchas personas les va a tocar asumir compromisos en los que no les apetecerá estar. Unos podrán ser esquivados, pero en otros nos veremos dentro de los mismos sin opción. En los casos más extremos, habrá quién querrá evitar comparecer hasta a las propias cenas familiares de Nochebuena y Nochevieja, de las que no está bien visto escabullirse. Pero lo que es seguro es que en todos estos casos, a quien le toque ser partícipe de los mismos sin desearlo, le va a tocar fingir: fingir desear estar allí, rodeado de gente con la que, en el mejor de los casos, lo único que te une es el hecho de estar en nómina de la misma empresa, o personas con las que, pese a tener un vínculo familiar, sólo compartes una vez al año los canapés resecos que sobraron de la noche anterior. 

Y es que fingir es un sentimiento consustancial a la condición humana, que Julio Llinás traslada a algunos de los principales personajes de las historias que pueblan De eso no se habla, el libro que comentamos en esta nueva entrada del blog. Porque, ¿acaso no fingía la pobre Carlota ser una persona feliz entre las calles de ese pueblo de montaña, al mismo tiempo que se encontraba encerrada en su eterno cuerpo de niña? O el propio Llinás, convertido en el personaje principal del relato llamado El día siguiente, ¿no fingía cuando parecía estar divirtiéndose en una convención de publicistas de empresas de tabaco celebrado en la soleada Niza, a la vez que la vida de su hijo estaba siendo arrasada por la droga y el alcohol en Buenos Aires, en la otra punta del mundo?


Pero no sólo estas dos historias merecen la pena en De eso no se habla, pues el libro está poblado de otros relatos cortos, que concentran en muy pocas páginas la maestría con la que Llinás recoge la psicología de sus personajes. Entre estos relatos de menor extensión (que no menor calidad) destaca El violín, la historia de un hombre aferrado a este instrumento musical, que tiene un gran valor económico y, por tanto, puede ser la solución a los problemas financieros que le acucian, pero, pese a ello, es una circunstancia que decide ocultar a todo el mundo y aprender a tocar el violín en su senectud, a pesar de llevar intentándolo desde su juventud con infructuoso resultado.
“Doña Amapola presentía que en el fondo de una mujer que a veces era ella, se iba incubando uno de aquellos tornados precursores de los grandes tormentos del corazón. Lo presentía, lo deseaba y lo temía simultáneamente. Augusto Pez era un marido expiatorio a cuya ansiedad metafísica podía ella atribuir su propia angustia, enmascarando así la falta de confianza en su persona y la pesadilla del fracaso, que suele ser más cruel que la derrota misma. Ella fingía ignorar que, tarde o temprano, nadie se libra del fracaso, como solía apuntarle su marido cada vez que le increpaba: «¿Por qué le gusta perder?...» «No es que me guste…», decía don Augusto. «…Pero es más decoroso…»”.
También hay que detenerse en el relato Una fuerza mayor, un cuento breve en el que se entremezclan el amor y la oscuridad. Celedonio Cuevas enviuda de la Ramona, mujer a la que rescató de la prostitución, pero que acaba falleciendo de una extraña enfermedad. Una adivina del pueblo le promete que si viaja a la gran ciudad, antes de cinco días saldrá a su encuentro un misterioso ser llamado Mandinga, que le hará reencontrarse con su amada. La sensación de desasosiego que consigue transmitir Llinás cuando, de manera sucesiva, Celedonio Cuevas hace su maleta con las escasas pertenencias de las que dispone, cuando se pierde entre la multitud en la estación de tren de la ciudad y cuando el lector es consciente de que él también está contagiado por la enfermedad que mató a su amada y de que le espera el mismo destino antes de cinco días, es uno de los momentos cumbre del libro, y que perduran en la cabeza del lector meses y meses después de su lectura.
"No le importaba no haber sido el primer hombre de aquella mujer sagrada. Había sido el último… y el primero en amarla. Tan pequeñita y tan frágil, y al mismo tiempo tan fuerte de palabra y decisiones, él había sido el primero en intentar protegerla de sí misma y sería el único, sin duda, en recordarla eternamente, más allá de la muerte de los dos”.
En cuanto a lo tenebroso de los relatos y esa estética cortazariana que recuerda a cuentos como La casa tomada, relatos como El espejo, Una fuerza mayor o La encomienda también cobran un especial protagonismo dentro del conjunto del libro. Junto a estos, otros relatos como A salvo del tiempo, La cita o Los ojos de Benigno Sierra y su doliente corazón pasan bastante desapercibidos, a pesar del buen hacer de Llinás en la construcción de los personajes que habitan sus páginas.

Pero es indiscutible que los ejes vertebradores del libro son De eso no se habla, El desfile y El día siguiente, relatos que por su extensión permiten un desarrollo y profundización en sus tramas y en el conjunto de sus personajes que, por razones lógicas, no es posible abordar en historias de menor envergadura.

El relato que da título al libro tiene a una protagonista poco convencional, pues sufre una malformación, que la madre de la pequeña Carlota, doña Leonor Bacigalupo, no duda en llamar por el tan poco científico nombre de enanismo. A pesar de las evidencias, doña Leonor impuso su ley del silencio a los habitantes del pueblo con el ya consabido "de eso no se habla".
“La niña Carlota iba creciendo (valga, por Dios, el eufemismo) entre una nube de profesores que doña Leonor mandaba venir de Córdoba […]”
A pesar de esta circunstancia, ello no impidió que uno de los notables del pueblo, que le superaba ampliamente en edad, se enamorase de ella. Así fue como la pequeña Carlota y Ludovico Andrea comenzaron una historia de amor que, pese a las dificultades, acabó en matrimonio. Pero tomar conciencia de su situación le hizo verse a sí misma como un pájaro enjaulado, que vio abrirse la puerta de su celda el día que por las montañas que rodeaban el pueblo vio aparecer algo que le acabaría cambiando la vida a ella y a su esposo Ludovico.

El segundo relato largo del libro es El desfile. Cuenta los delirantes hechos que acompañaron a la organización de un fastuoso desfile en el pueblo de Santísima Virgen de todas las Mercedes, diseñado a mayor gloria de su alcalde Poncio Perrota. La acción se desarrolla en varios eventos aparentemente desconectados entre sí, pero que confluyen y guardan relación con el desfile, como el banquete celebrado en la villa de la viuda de Roque Gottifredo, que reunió a la plana mayor del poder civil, eclesiástico y militar del municipio, la competición de miembros viriles que tiene lugar en el asfixiante habitáculo de la lechería del pueblo entre un vasco del pueblo adyacente y el joven Ottolina, empleado de Correos, pero que tiene como inesperado ganador al "opa" Nicola Straffesa, gracias al tamaño de lo mostrado, que equivalía, a decir de los presentes, a un bebé de tres meses; o la que protagoniza el joven Ottolina cuando eyacula sobre los pantalones de un uniforme histórico que perteneció a uno de los próceres del municipio. La cosa, finalmente, acaba a tiros, cuando el general Bermúdez quiere tomar el poder por las armas, sin contar con la destreza que el alcalde Perrota también tiene con ellas.
“Estas cuestiones sopesaba el mandatario, a pesar de tener formado ya su criterio sobre el tema, no sólo a causa de sus visitas semanales al legendario lenocinio, sino de su convicción ontológica de que todas las mujeres eran putas (tenía la astucia de incluir a su madre), de que todos los hombres eran ladrones (tenía la astucia de incluirse a sí mismo), de que todos los religiosos eran bribones disfrazados de viudas y de que todos los militares eran cornudos (tenía la astucia de no incluir a nadie en particular en esos dos últimos empleos).
El tercer y último relato principal es El día siguiente. Visto con perspectiva, este relato deja entrever más de lo que aparenta a primera vista. En la superficie, se encuentra protagonizado por el propio Julio Llinás, y cuenta su estancia en Niza, en el sur de Francia, en un hotel en el que se celebra una convención de creativos y dirigentes de empresas de tabaco; gente poderosa hecha a sí misma y, por tanto, gente que ya no se encuentra en la juventud. En el relato, ello equivale a bromas casposas entre cincuentones, sus esposas y el propio alter ego del autor. Desde este punto de vista, uno siente vergüenza ajena durante su lectura. Pero junto a este Llinás que repele, se encuentra, ya más lejos de la superficie, otro más íntimo, que deja entrever los conflictos que mantiene con su hijo, que vive en Buenos Aires, a cuenta de lo que parece una adicción con las drogas, y en cierto modo parece arrepentirse de no poder estar con él para ayudarlo, a la vez que se siente culpable por el viaje que está disfrutando. Pero también parece ser consciente de la falsedad y artificialidad que le rodea, con risas a mandíbula batiente y falsas lágrimas de risa. En este tramo del relato, todo vuelve a dar vergüenza ajena, y lo mejor es que pronto llega a su fin.
“He sido un hombre que ha vivido incómodo entre los niños cuando niño, entre los estudiantes cuando estudiante, entre los deportistas cuando deportista, entre los escritores cuando escritor, entre los maridos cuando marido, entre los padres cuando padre, un hombre cuya última esperanza consiste en hallarse a gusto entre los muertos, cuando muerto. He sido tantas veces arrancado de lugares y paisajes, de tibios brazos palpitantes, de actividades aparentes, de ensoñaciones y certezas, de estremecedores sentimientos de felicidad y de grandeza, que ya no tengo lugar en este amargo universo de lugares, repintados y terrosos como viejos bancos de estación ferroviaria, lugares seguros y concretos, desde los cuales se oye el traqueteo del tren y se vislumbra la banderola verde del guardabarreras. No me ha faltado la engañosa tentación de convencerme de que no tener lugar es como tenerlos todos, una curiosa condición de nomadismo espiritual, de errante extranjerismo”.
Julio Llinás es un autor que no solo nos ha legado su obra, sino que sus genes han traspasado la literatura, y gracias a eso podemos disfrutar de la interpretación de su hija Verónica (La odisea de los giles, la adaptación cinematográfica del libro de Eduardo Sacheri La noche de la Usina, ha sido uno de sus últimos trabajos) o los guiones de su hijo Mariano (Argentina, 1985, la película que narra el juicio a la cúpula de la dictadura militar de Videla ha sido su último guion). En una u otra vertiente, seguiremos gozando del trabajo de esta familia tan polifacética.  

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Diseccionando el dolor


Existe un imagen muy simbólica (y también muy recurrente, para qué negarlo) que sirve para representar la paciencia: un científico en un laboratorio, rodeado de piletas, probetas y tubos de ensayo observando pacientemente la reacción de una composición que acaba de depositar en una de esas placas de cristal sobre las que luego se sitúa otra del mismo tamaño, que ejerce presión sobre la primera y sobre la mezcla. En otras ocasiones, lo que se somete a observación es el comportamiento de un determinado ser vivo o especie sometida a alguna situación o estímulo previamente fijado por el científico.

Sin embargo, esa representación de la paciencia no se había trasladado nunca a la literatura por medio de la disección de un sentimiento como es la pena por la pérdida de un ser querido. Ese tratamiento casi científico del duelo por la pérdida de su pareja es el objetivo del libro Una pena en observación, de C. S. Lewis, que se encuentra magistralmente traducido al español por Carmen Martín Gaite.

"Y, en el entretanto, ¿Dios dónde se ha metido? Éste es uno de los síntomas más inquietantes. Cuando eres feliz, tan feliz que no tienes la sensación de necesitar a Dios para nada, tan feliz que te ves tentado a recibir sus llamadas sobre ti como una interrupción, si acaso recapacitas y te vueles a Él con gratitud y reconocimiento, entonces te recibirá con los brazos abiertos – o al menos así lo vive uno. Pero vete hacia Él cuando tu necesidad es desesperada, cuando cualquier otra ayuda te ha resultado vana, ¿y con qué te encuentras? Con una puerta que te cierran en las narices, con un ruido de cerrojos, un cerrojazo de doble vuelta en el interior. Y después de esto, el silencio".

En la obra, el escritor describe el proceso de duelo que comenzó tras el fallecimiento de su pareja, la poetisa norteamericana Helen Joy Davidson Gresham ('H' en el libro), y lo hace diseccionando todos y cada uno de los sentimientos y sensaciones que puede experimentar una persona en esa misma situación: miedo, soledad, ausencia, inseguridad y, por supuesto, dolor.

"Es increíble cuanta felicidad y hasta cuánta diversión vivimos a veces juntos, incluso después de que toda esperanza se había desvanecido. Qué largo y tendido, qué serenamente, con cuánto provecho llegamos a hablar aquella última noche, estrechamente unidos".



Desgraciadamente, todos en algún momento de nuestra vida estamos destinados a experimentar esa catarata de nefastos sentimientos ante la pérdida de un ser querido, pero pocos, muy pocos, son los elegidos para ir extrayendo cada uno de estos elementos que componen la pena e ir depositándolos en una bandeja sobre el teatro de operaciones y hacer con ello una obra memorable y casi un tratado científico sobre el dolor.

"Éramos uña y carne. O, si lo preferís, un solo barco. El motor de proa se fue al garete. Y el motorcito de reserva, que soy yo, tiene que ir traqueteando a duras penas hasta tocar puerto. O, mejor dicho, hasta que acabe el viaje. ¿Cómo voy a poder alcanzar el puerto? Más que una orilla resguardada, lo que hay es una noche oscura, un huracán ensordecedor, olas gigantes que se te echan encima y el oscilar en el naufragio de cualquier luz que brille en tierra".

Si bien no es una adaptación del libro, la película Tierras de penumbra, de Richard Attenborough, y protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger, se desarrolla en el momento vital descrito en la obra de C. S. Lewis, y su visionado resultará un complemento perfecto a la lectura del libro.

"Creí que podría describir una «comarca», elaborar un mapa de la tristeza. Pero la tristeza no se ha revelado como una comarca sino como un proceso. No es un mapa lo que requiere, es una historia; y si no dejo de escribir esta historia en un momento determinado, por caprichoso que sea, no habría razón para que dejara de escribir nunca".

"Si supiera que el estar separado siempre de H. y olvidado por ella eternamente pudiera añadir mayor alegría y esplendor a su ser, por supuesto que diría: «¡Adelante!» Igual que, aquí en la tierra, si hubiera podido curar su cáncer a costa de no volverla a ver, me las habría arreglado para no volver a verla. Lo tendría que haber hecho. Cualquier persona decente lo habría hecho". 

Definitivamente, Una pena en observación es un viaje hasta los confines de un hombre devastado por la pena, pero que acaba demostrando que no son tan diferentes de los que podemos albergar los demás. La única diferencia entre él y nosotros es la capacidad de trasladarlos al papel. 

lunes, 11 de julio de 2022

Fino escarnio


A los que vamos teniendo una cierta edad no se nos puede olvidar el impacto causado por un, por entonces, nuevo personaje televisivo aparecido en Operación Triunfo, uno de esos programas creados al modo de las factorías tradicionales, capaz de crear y, casi de manera simultánea, triturar esos productos recién creados (en este caso, supuestamente culturales) a una velocidad endiablada.

La performance de la que este personaje participaba consistía en lo siguiente: los aspirantes a artista iban desfilando uno detrás de otro intentando mostrar sus mejores aptitudes vocales, físicas y de cualquier otro tipo imaginable, y al final de la exhibición intervenía un jurado, aparentemente profesional, que valoraba las actuaciones. Hasta aquí, todo entra dentro del tedio propio de este tipo de concursos. A lo que no estaba tan acostumbrado el espectador era a la crueldad de los comentarios que nuestro personaje dedicada a los jóvenes que estaban tratando de conseguir su sueño de triunfar en el mundo de la música. Y ese desprecio, no nos engañemos, era el que cada semana hacía reventar los audímetros de las televisiones, y no la voz, el afán de superación o el espectáculo que podían ofrecer esos aspirantes de usar y tirar.

Es inevitable no acordarse de programas como éste y del miembro más famoso de su jurado al leer 'Correo literario' (Nórdica Libros), de Wizslawa Szymborska. Esta poetisa polaca, que fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en el año 1996, mantuvo durante casi tres lustros (de 1968 a 1981) una columna periódica en la revista 'Vida literaria' en la que valoró críticamente cientos de poemas que jóvenes autores hacían llegar a la publicación con el ánimo y la esperanza de poder verlos publicados entre sus páginas.


Y donde quizá otro autor se hubiese limitado a rechazar esos poemas de, seguramente en no pocas ocasiones, dudosa calidad, Szymborska convierte ese fino escarnio en un género literario en sí mismo. Y lo lleva a cabo haciendo gala de un humor sibilino, en ocasiones hiriente, pero sobre todo sarcástico, que los pobres aspirantes a poeta tuvieron que sufrir en sus propias carnes. Es cierto que en el libro se cita a los destinatarios de la crítica de tal forma que no es posible identificarlos (y desconocemos si la revista literaria seguía la misma fórmula), pero tenía que causar impresión recibir una respuesta así de una persona a la que aspiras parecerte, y que el público en general tuviera acceso a la misma.

“[…] si leyera usted nuestra columna con mejor disposición, podría darse cuenta de que siempre que encontramos algo digno de elogio, intentamos subrayarlo. Que los elogios sean relativamente pocos ya no es culpa nuestra. El talento literario no es un fenómeno de masas”.

“«Pido perdón de antemano por las faltas de ortografía, pero tenía mucha prisa cuando estaba pasando el texto a limpio…». Es curioso. Hasta ahora pensábamos que las prisas afectaban solo a la legibilidad de la letra. Además, si ya nos ponemos así, haya se escribe más rápido que halla”. 

“«O me dan cierta esperanza -por mínima que sea- de ser publicado, o si no, al menos, consuéleme…». Tras la lectura de su texto nos vemos obligados a elegir lo segundo”. 

Aunque en esta ocasión leí el libro en versión digital, la edición está tan cuidada como todo lo que toca Nórdica (de hecho, me he encontrado en alguna librería con el ejemplar físico, y puedo corroborar que es así), y pese a ser un libro breve, que se lee y se disfruta en poco tiempo, resulta totalmente recomendable para aquellos lectores bibliófilos que disfruten leyendo sobre literatura y todo lo que rodea el mundo de libro, y que, a juzgar por el ingente volumen de publicaciones sobre esta temática en los últimos tiempos, cada vez somos más numerosos.

jueves, 19 de mayo de 2022

Una maleta llena


En muchas ocasiones, cuando nos desplazamos desde nuestro lugar de residencia habitual hasta la zona que hemos elegido para pasar nuestras vacaciones llevamos en la maleta cierta cantidad de ropa, más o menos ligera atendiendo al destino, una cierta cantidad de libros, más o menos numera atendiendo al tiempo de la estancia, y sobre todo algo que no suele ocupar espacio físico, pero que se viene con nosotros con el deseo de que el salitre y la fuerza de las olas nos lo vayan desprendiendo poco a poco, o alguna ráfaga de aire serrano se los lleve bien lejos: son los problemas laborales, personales, familiares, que siempre nos acompañan al inicio, y muy rara vez, afortunadamente, vuelven con nosotros.

De lo que nos olvidamos con bastante frecuencia es de que las personas que limpian nuestras habitaciones en los hoteles o aquéllas que nos sirven la comida en los restaurantes tienen sus propios problemas (precariedad laboral y falta de oportunidades en su municipio habitual que les obliga a vivir en una lejana ciudad la mayor parte del año cuando los turistas nos vamos, por mencionar sólo dos de los que varios trabajadores nos comentaron en las últimas vacaciones) que ya se encontraban antes de que llegáramos y ahí van a quedar cuando arranquemos el motor de nuestro vehículo.

“[…] Tienen el rostro noble aquellos hombres. Una dignidad que transparenta bajo la barba de dos días y los vestidos miserables y desgarrados”.

Desconocemos qué había en la maleta física de Juan Goytisolo antes de comenzar su viaje por los campos de Níjar (aunque a juzgar por la crónica de sus andanzas de un pueblo a otro, iba ligero de equipaje). Otra cosa es la carga de otra maleta, la mental, que conociendo los orígenes del escritor y su bagaje, seguro que no comenzó vacía. Lo que sí se puede afirmar sin mucho margen de error es que la maleta que el autor fue llenando durante su estancia en esta comarca almeriense acabó llena de vivencias que llevarse de vuelta a Barcelona.

“En el pueblo, los niños me siguen con curiosidad -los niños flacos y oscuros del sur, de pelo anillado y ojos expresivos, medio enanos y medio diablejos, con sus manitas móviles, sus voces cantarinas y una tristeza adulta que transparenta siempre bajo los rasgos maliciosos y ávidos”

Y es que en los campos y pueblos de Níjar, Goytisolo fue reconociendo la cara más amarga de un país que se quedó anclado en el año 1936: caciquismo, clasismo, pobreza (encarnada en mayores y chiquillos harapientos), hambre, enfermedad y, finalmente, muerte. No hay pueblo por el que pase en el que no estén presentes uno o varios de estos elementos a la vez. En el libro, no hay lugar para la esperanza, y a pesar de la luminosidad del paisaje y la limpieza del mar, todo está recubierto de un halo de desazón, tristeza y desgracia, como la escena que cierra el libro, ubicada en mitad de un velatorio por la muerte de un muchacho.

“El bajito lleva el talego sobre el hombro y me cuenta que hace diez años que recorre el mismo camino, mañana y tarde, sin desviarse un solo paso.

-Dicen que el mundo cambia y pronto llegaremos a la luna, pero pa nosotros, tós los días son iguales”.

[...]

“-Aquí los chavales empiezan a trabajar a los siete años -comenta mi vecino.

-¿No van a la escuela?

-Los padres no les dejan y, a su modo, tienen razón. El hambre les espabila más aprisa”.

Pero lo que más llama la atención, a nuestro juicio, es la frialdad y la distancia que, de manera voluntaria, marca el autor con quienes se acercan a él en busca de ayuda, o simplemente comprensión. Y esa actitud se ve en el joven que al final del libro le pide ayuda para buscarse la vida en Cataluña, pero también con el viejo que vende en la carretera y que se sincera con él contándole que ha perdido un hijo, y  con las familias que visita, con las que se nota que ha decidido guardar una distancia prudencial porque nada tienen que ver con su mundo.

“-El mayor no era como ellos.

-¿No?

-Desde pequeño pensaba en los demás. No en su madre, su padre o sus hermanos, sino en todos los pobres como nosotros. Aquí la gente nace, vive y muere sin reflexionar. Él, no. Él tenía una idea de la vida”.

Pese a estas cautelas, sería ingrato no reconocer que nos encontramos ante una gran crónica de viajes, que refleja a la perfección la sociedad de la época de una de las zonas más deprimidas del país, que nos presenta de manera descarnada y cruel un período de tiempo y una región en la que no todo eran resorts de lujo junto a playas vírgenes y turistas colonizando todo durante unos días antes de volver a sus ciudades.

“-Por eso me gusta Almería. Porque no tiene Giralda ni Alhambra. Porque no intenta cubrirse con ropajes ni adornos. Porque es una tierra desnuda, verdadera…”

Después de 'La saga de los Marx', 'Campos de Níjar', aun siendo conscientes de que se trata de otro género, supone un salto cualitativo, que resulta más entretenido y mucho más interesante.