martes, 26 de enero de 2021
Canencia: un puente medieval nevado
martes, 19 de enero de 2021
Los límites y las ganas de volar
"Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento".
'Tierra de campos'. David Trueba. 2017
En una de sus últimas intervenciones públicas antes de que el maldito cáncer nos privara de su persona y de su obra, el poeta Miki Naranja, desde la habitación 128 del 'Hotel Jorge Juan', contó que una vez, uno de sus hijos le preguntó que si podía ser astronauta y, al mismo tiempo, otro tipo de profesión que requería de preparación y esfuerzo para alcanzar el éxito en la misma (inclúyase aquí, bombero, futbolista, médico, o cualquier otra profesión equivalente). Contaba que él le había contestado, desde la visión lógica de un adulto, que no; que no podía ser astronauta y al mismo tiempo dedicarse a otra profesión, pues el tiempo empleado en formarse para la primera le iba a impedir conseguir, siquiera, aspirar a la segunda. Al poco tiempo, continuaba, se dijo a sí mismo, que quién era él para poner límites a la imaginación de su hijo y a su deseo de compaginar dos oficios que, de primera mano, no resultan fácilmente accesibles.
En ningún momento consideré que lo que contaba Miki Naranja fuera un "invent" como aquellos con los que se suele ridiculizar en Twitter a aquellos padres que, por lo general, suelen poner en boca de sus hijos frases engoladas que sólo han poblado previamente su cabeza, pero hasta ayer había abordado este tipo de conversaciones entre padre e hijo con cierta distancia por desconocer cuánto pudieran tener de construcción literaria que sirviera para dar un encaje perfecto a la anécdota relatada. Sin embargo, ayer fui el destinatario de una pregunta lanzada en términos muy similares, de la que no pude escapar.
De vuelta a casa, finalizando lo que para mi fue una tarde que recordaré siempre, cargado de libros infantiles bajo el brazo, tras haber vivido los primeros momentos de Adriana rebuscando en los estantes de una biblioteca, me preguntó si alguna vez podría llegar a ser cantante y policía a la vez. Es cierto que existen diferencias cuantitativas entre una astronauta y una cantante, pero María Callas no llegó a ser la mejor de su disciplina por ciencia infusa, sino que dedicó años y años de su vida para formarse y llegar a lo más alto. Incluso para ser policía se requiere dedicación académica y preparación física durante un período de tiempo más o menos extenso. Por tanto, desde los ojos de un adulto, así expuesto, podría resultar difícil compatibilizar ambas ocupaciones.
Afortunadamente, Adriana no plantea sus preguntas desde los ojos de un adulto. Mientras por un milisegundo me vi tentado a decirle que no es posible compatibilizar ambos oficios, frené en seco y recordé la conversación de Miki Naranja con su hijo, y le animé a que se esfuerce para poder conseguir lo que se proponga, sea ser cantante y policía o los dos o tres nuevos oficios que comiencen a estar de moda la semana que viene entre sus amigos de clase, porque nosotros, los padres, no somos nadie para, desde nuestra visión ya encorsetada de la vida, poner límites a su imaginación y a sus ganas de volar.
Y es que llegará el día en que consiga las aspiraciones que tenía previstas, o quizá otras que no lo estuvieran en un inicio, quizá después de haber fracasado en mil ocasiones anteriores, pero es importante que no conozcan cómo termina el cuento en muchas ocasiones, porque solo eso es lo que les permitirá disfrutar del mismo.
viernes, 11 de diciembre de 2020
El filósofo frente a su obra
“En vez de la temida invasión de tanques soviéticos, Europa acogía con desconcierto a los siniestrados por su error doctrinal!”
“Si su anfitrión (Marx) había analizado magistralmente en sus obras la apropiación de la plusvalía económica por parte de la burguesía, no previó en cambio la posible incautación de la plusvalía política de los trabajadores en provecho de la elite comunista”.
Imaginemos por un momento que dentro de un siglo se concediera la posibilidad de resucitar a Donald Trump (sospechamos que no va a durar tanto, aunque se empeñe) y se le pusiera frente a un televisor o cualquier otro moderno aparato tecnológico de esa época a contemplar las consecuencias de estos cuatro años de división, racismo, antiecologismo y, en definitiva, de todas aquellas decisiones que han convertido al mundo en un lugar mucho más inestable que al inicio de su presidencia. Y no solo eso, sino que una vez finalizado este visionado se le interpelara en un talk show por aquellos sujetos que coincidieron con él en el tiempo, y utilizaran este espacio concedido en pleno prime time para cruzar con el personaje todo tipo de reproches.
Pues este ejercicio es el que nos propone Juan Goytisolo en el libro que hoy reseñamos, pero centrado en la vida y obra de los padres de la doctrina comunista: Karl Marx. Y no sólo de él, sino también de su familia (mujer, hijos, yernos, sirvienta).
En un mundo actual dominado por las marcas, el consumismo y el capitalismo, se enfrenta a Karl Marx a las carencias de su propia doctrina a través de varias situaciones que van desde una encerrona en un talk show en el que el entrevistado es hostigado por rivales políticos coetáneos que confrontan su doctrina con su aplicación a hechos contemporáneos, pasando por la visita al Club de Millonarios de Moscú, que se encuentra presidido por una cita del propio Marx, pero pronunciada cuando todavía abrazaba la doctrina capitalista, y finalizando por la visita a una exposición de cuadros con héroes del trabajo soviéticos en la que los personajes retratados cobran vida para reprocharle que las idílicas escenas que representan los cuadros no se parecen en nada a la realidad de las fábricas y de los campos de trabajo.
Para acceder a Marx y a su familia, el autor se vale de sí mismo, creando un personaje que entra y sale de escena interactuando con los protagonistas y luchando contra su editor, el cual se queja (a través del autor, en un claro ejemplo de aquello que llaman "ponerse la venda antes de la herida") de que el libro no tiene ritmo y que el mismo no ocurren cosas. Si el propio autor, a través de una persona interpuesta, ha llegado a esta conclusión, es fácil imaginar a la que hemos llegado los que nos hemos enfrentado al libro por primera vez.
La última parte del libro da cuenta del cambio de suerte de la familia Marx, representado por el cambio de domicilio desde el humilde habitáculo de Dean Street a la señorial villa de Maitland Park, llamada 'Villa Modenas'. Precisamente, este cambio de casa sirve de excusa para la grabación de un reality show ("Le baroume rouge") al que el autor resulta invitado, y el cual, entre pausa y pausa del rodaje, se va colando por las distintas estancias de la casa y contándonos la suerte que corrió cada uno de los miembros de la saga de los Marx, incluida la sirvienta Lenchen, cuyo papel para la sostenibilidad de la familia y para preservar los equilibrios dentro de la misma son más importantes de lo que aparentaba en un inicio.
La saga de los Marx es un libro bien documentado, que nos acerca a la figura y obra de Karl Marx a través de un formato poco habitual que, desde luego, no esperábamos en una aproximación historiográfica al ciudadano más célebre que vio nacer la ciudad alemana de Tréveris. Se trata, en definitiva, de un libro no demasiado accesible, que no es manejable para un primer acercamiento a la obra de Juan Goytisolo.
No podemos decir que no nos ha gustado, pues es un libro original en su planteamiento y, como decimos, bien documentado, que trata temas (como el feminismo o la inmigración) con una soltura que puede resultar evidente hoy día, pero no hace treinta años. Sin embargo, esperábamos algo más, si se quiere ortodoxo, que prescindiera de ardides metaliterarios para acercarnos a la vida y obra de Marx. En esto último, sin duda, la responsabilidad recae en el que lee, y no en el que pretende experimentar con algo nuevo y diferente. Por eso, habrá a mucha gente que le convencerá el planteamiento, y otros a los que convencerá menos. En esta ocasión nos quedamos en el segundo grupo.
jueves, 5 de marzo de 2020
En busca del árbol milenario
lunes, 11 de marzo de 2019
Batallitas
“Con el tiempo descubrí, sin embargo, que los buenos sueldos le hacen a uno menos propenso a patearse la calle, más complaciente con el director y más comprensivo con el poder. Lamento decirlo y socavar mis propios intereses (a mí tampoco me gusta ser pobre), pero creo que una cuenta raquítica en el banco y un poco de rabia en el estómago favorecen el mejor periodismo”.
“Cada mesa, un Vietnam. Creo que la frase la acuñó Rafael Pradas. Así me parecía a mí que eran las cosas. Aún me lo parece. Cada mesa de la redacción, según la «doctrina Huertas», debía ser una trinchera de resistencia frente a la empresa y los demás poderes. La «doctrina Huertas», de la que me declaro seguidor, considera que la legitimidad de un periódico radica en su dirección, no en los intereses de sus propietarios”.
“Recuerdo perfectamente las primeras palabras que me dirigió el primero de ellos (de los directores): «Domingo, tráeme una Coca-Cola». Aquel hombre no sabía quién era yo, pero al menos sabía lo que quería”.
“Me parece que un periodista ha de leer como si le fuera la vida en ello, porque le va la vida en ello”.










