domingo, 2 de enero de 2022

2022, una nueva hoja en blanco


A los que todavía seguimos escribiendo a mano de manera habitual nos suele gustar la metáfora de un nuevo año como una hoja en blanco por rellenar. Esta página por escribir nunca está cuadriculada (ojalá), y rara vez suele estar pautada con esas suaves líneas de color neutro que caracterizan los cuadernos escolares. Lo normal es que sea lisa, y que sean nuestros actos los que vayan conformando el sentido de cada una de las líneas que se vayan insertando en ella.

Sin embargo hay páginas/años en los que desde el principio notamos la existencia de realces, hendiduras y/o rasgaduras que van a condicionar, cuando no imposibilitar, la escritura. Hay páginas en las que desde nuestra posición omnisciente alcanzamos a contemplar algo que, práctica seguridad, a lo largo de la escritura nos dará problemas. 

Puede pensarse que desde 2020 los renglones que vamos confeccionando son susceptibles de alguna salpicadura o tachadura, pero hay veces que esa fuerza exógena no es tan evidente como una pandemia mundial, la cual se vale por sí sola para desestabilizar el trazo de millones de personas. No, en multitud de ocasiones el condicionante es más mucho más cercano. En ocasiones, se nos presenta en forma de pequeñas migas o granitos de arena que se cuelan entre página y página, que nos impiden seguir escribiendo con naturalidad, y que en ocasiones obligan a desistir de la tarea y seguir, en el mejor de los casos, intentándolo en otra parte de la hoja. 

No somos nosotros los que introducimos estos pequeños granitos, sino que puede ser el viento, o simplemente el hecho de no haber limpiado convenientemente la superficie sobre la que se apoya el papel, y que hace que, frecuentemente, se enturbie cualquier tipo de material que se pose sobre la misma. Y claro, cuando lo que mancha toca el papel es imposible seguir escribiendo de ninguna manera. Es, en cualquier caso, siempre un agente externo, más o menos poderoso, el que dificulta o imposibilita la escritura.

En 2022 habrá borrones, migas y arena que harán muy difícil la escritura del guion de este año, pero la página es grande y lo más probable es que hayamos de continuar escribiendo en otra zona. ¿Por qué no? Lo importante es ir completando capítulos.

Feliz página nº 2022.

martes, 21 de diciembre de 2021

Jugábamos sobre la ignominia

 


Encoge el corazón descubrir con el paso de los años cómo algunos de los lugares sobre los que jugamos siendo niños escondían en sus entrañas una ignominia que todavía hoy se encuentra grabada en el corazón de muchas familias de nuestro país. Uno de estos lugares es el cementerio del municipio toledano de Alcaudete de la Jara, paso obligado, en muchas ocasiones, de nuestros paseos y correrías por las calles de la localidad en el período en el que mi familia dispuso allí de una segunda vivienda. En esos rodeos, matutinos o vespertinos, no éramos conscientes de que los alrededores de aquella tapia encalada albergaban el cuerpo de 28 vecinos fusilados por el bando nacional durante la Guerra Civil, en la que posteriormente se conoció como "Fosa La Pradera".

Tampoco sabía entonces, y sí ahora después de leer el magnífico libro 'Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas', de Carlos Hernández de Miguel, que muchos (o todos) de esos asesinados pudieron pasar sus últimas horas de vida en el campo de concentración que las tropas franquistas habían montado en el pueblo contiguo, Belvís de la Jara. Estábamos, en definitiva, jugando sobre la maldad sin conscientes de nada de ello.

Para sacarnos de esa ignorancia, 'Los campos de concentración de Franco' suponen una radiografía integral de la creación, desarrollo y desaparición de la red de campos de concentración implantados por el régimen franquista durante los últimos años de la Guerra Civil y toda la dictadura.

Se trata de una obra muy exhaustiva, muy bien documentada y muy prolija en datos, testimonios y localizaciones de las ubicaciones acreditadas de los campos de concentración que compusieron la red.

El libro se estructura en dos partes bien diferenciadas, que se complementan como un engranaje perfectamente engrasado. En la primera se desarrolla la creación y expansión de la red de campos durante el extenso período en el que estuvieron activos, analizando los cambios de denominación de los que fueron objeto a lo largo del tiempo; la segunda parte analiza todos (y cuando decimos todos, es todos) los aspectos de la vida cotidiana del campo de concentración: nutrición, condiciones de salubridad, relación con los guardianes, con los presos, ocio, educación, y un largo etcétera.

Como decimos, ambas partes se engranan a la perfección, siendo la primera más academicista y más densa, y la segunda más amena y humana, más alejada de los fríos datos y más apegada a los testimonios de quienes estuvieron en los campos de concentración o de sus familiares.

Al final del libro, el autor deja un listado de ubicaciones sobre las que existen sospechas de posibles emplazamientos de campos de concentración. Se trata de un interesante hilo del que pueden tirar otros investigadores interesados en esta época de la historia de España.

En definitiva, sorprende comprender lo cerca que hemos estado alguna vez de un campo de concentración: desde el que se ubicó en el Convento de San Marcos de León, en la actualidad Parador Nacional de Turismo, hasta el que se ubicaba en el del pueblo de al lado de nuestra madre, donde tanto jugamos cuando éramos niños. Afortunadamente, este libro desentierra en gran parte ese oscuro y desconocido pasado.

martes, 16 de noviembre de 2021

Soldados de causas que ya no existen

 "Soy un espía muerto de un país que no existe"

Carré es un espía argentino al que han traicionado, al que han vilipendiado en innumerables ocasiones, pero que, sin embargo, todavía está dispuesto a dar la vida por aquello en lo que sigue creyendo, aunque esto suponga arriesgarse por un país que ya no existe, por una causa que ya no existe. Qué difícil no sentirse identificado con el agente Carré en algunas ocasiones.

El último encargo que la nación tiene para Carré consiste en transportar a su lugar de origen el denominado 'Milagro Argentino', que no es otra cosa que el cuerpo resucitado (a través de procedimientos electrónicos e informáticos) de uno de los padres de la patria argentina. Y lo que, a priori, parece un encargo fácil, que permitirá a Carré retirarse plácidamente en su país en olor de multitudes, se convierte en un trabajo envenenado finalmente difícil de cumplir.

Y es en estas complicaciones donde se nota la mano experta de Osvaldo Soriano, que puso en El ojo de la patria todos sus esfuerzos para ofrecernos una novela de espías equiparable a la mejor literatura de suspense como la que procede de latitudes más septentrionales que en las que se sitúa el país de la Pampa.

Sin embargo, el libro tiene un punto de inflexión que está a punto de mandar al traste la trama tan pulcramente construida hasta ese momento: la estancia de Carré y el prócer en el Hotel Orion. Los hechos que ocurren allí son tan surrealistas que desentonan demasiado con todo lo que venía sucediendo hasta ese momento, y que, obviando dicho fragmento, podría enmarcarse en cualquier novela de género policíaco o de espías sin demasiados esfuerzos. Pero el hecho de que los huéspedes sean escritores que redactan libros para no ser vendidos o que los gerentes del hotel sean una banda de hombres travestidos no ayuda, precisamente, a tomarse en serio al menos esta parte del libro.

Menos mal que el bochorno que genera es algo pasajero, y el último tercio del libro vuelve a recobrar la trama de suspense que nunca debería haber abandonado, pues vuelven las persecuciones, las misiones secretas, y los encuentros furtivos en mitad de la noche. El final, entre lo onírico y lo psicodélico, se encuentra a la altura del resto de la novela.

“Llevaba el pasado de otros porque no tenía uno propio. […] La traición era el único sobresalto posible en ese encierro de lealtades inciertas”.

Osvaldo Soriano se muestra en El ojo de la patria como un representante muy digno de la narrativa iberoamericana del último tercio del siglo XX. Es, como decimos, una obra irregular, por cuanto tiene un comienzo lento, y va cobrando cuerpo hasta llegar al último tercio, pero es el inicio en el que se nos presenta a Carré y el entorno en el que se mueve el que nos hace disfrutar del resto de la novela. 

La atmósfera detectivesca adaptada por Soriano a la idiosincrasia argentina, con toques de la mejor novela estadounidense sobre el género y, sobre todo, el carácter surrealista de la trama, hacen que nos encontremos ante una obra original, con un punto de vista que el lector no espera encontrar si atendemos a lo que se cuenta en las primeras páginas.

Referente de otros autores argentinos como Eduardo Sacheri, Osvaldo Soriano maneja a la perfección los diálogos, concisos unos, incisivos otros, ácidos la mayoría de ellos, y eso hace que la novela parezca más ligera, cuando en realidad tiene bastante carga de profundidad y unas sentencias que podrían haber sido extraídas de cualquier manual de filosofía moderna.

“Ahora que había arriesgado empezaba a sentirse digno de ser alguien. Tal vez ése era todo el secreto”.

"Tenía muchas cosas que hacerse perdonar pero pensaba que el Cielo también le estaba debiendo algunos favores”.
 

sábado, 2 de octubre de 2021

Vallecas fue un cuadro de Brueghel el Viejo


Todo apuntaba a que la nevada que iba a caer sobre Madrid iba a ser histórica. Y la verdad es que casi nadie pudo imaginar la situación tan dantesca que íbamos a acabar viviendo durante más de una semana.

Filomena empezó a enseñar su potencial el jueves 7 de enero, con unos pequeños copos que ya comenzaron a platear los árboles desnudos de la ciudad, pero que ni de lejos permitían imaginar lo que se avecinaba.

El día siguiente, viernes 8, comenzó frío pero normal como cualquier viernes invernal: con tráfico, con temperaturas gélidas, con la ciudad desperezándose lentamente según avanzaban las horas. A mediodía, empezó a caer nieve con una intensidad que auguraba una situación inusual. En muchos centros de trabajo, incluido el mío, se permitió la salida anticipada de los empleados para evitar que se quedaran embotellados en los más que presumibles atascos que se iban a ir formando con el avance de la tormenta. En aquellos en los que no se pudo o no se quiso, eso fue precisamente lo que acabó pasando.

Vivir pegado, literalmente, a la M30 ese día nos proporcionó un mirador ideal desde el que contemplar la complicada situación que se estaba generando en toda la ciudad en general, y en nuestra zona en particular. 



Ya de madrugada, comprobando que había gente atrapada en los coches, fue cuando intentamos ayudar de cualquier forma para intentar permitirles sobrellevar la situación de la manera menos penosa posible. Algo (aunque poco) conseguimos en ese sentido.

La mañana del sábado 9 comenzó nublada y con Filomena dando sus últimos coletazos en forma de nieve. La situación todavía era desapacible, pero nos permitió acercarnos a pie hasta la plaza de Conde de Casal. Por el camino pudimos contemplar una imagen apocalíptica de la M30, solitaria, sin coches, con personas caminando sobre la nieve posada a su vez sobre el asfalto. Una imagen que podría estar sacada de cualquier relato de Cormac McCarthy.



En Conde de Casal había ambiente festivo, con todo el mundo jugando y disfrutando con la nieve, olvidando por unos momentos la situación de pandemia en la que nos encontrábamos. Incluso algún valiente en coche vimos pasar. No duró mucho circulando.

Después de volver a casa empapados, comimos algo y descansamos. Por la tarde, ya había dejado de nevar, y como la situación estaba más tranquila, decidimos acercarnos hasta el parque del Cerro del Tío Pio (comúnmente conocido como de las Siete Tetas), pero no sin antes comprobar desde la ventana la quietud en la que había quedado todo, con el cielo todavía malva, proyectando una luz espectral sobre todo el ambiente, en unas imágenes, con el Pirulí al fondo, y todas las luces de las casas encendidas, que recordaban a una ciudad futurista como la de Blade Runner.




Después de acercarnos al futuro desde el salón de nuestra casa emprendimos el camino hacia el parque, materializando una de las mejores decisiones que hemos tomado en lo que va de año (básicamente porque estuvimos a punto de no hacerlo).

El camino hasta el parque fue lento y tortuoso, debido a la gran cantidad de nieve acumulada en las calles, pero una vez que llegamos, comprobamos que estaba lleno de vida, de esa vida que nos ha sido parcialmente arrebatada en este último año y medio. Jóvenes que habían desempolvado sus tablas de snowboard o sus esquís, pero no para surcar los remontes de la sierra de Guadarrama o La Pinilla, sino para conquistar cada uno de los siete montículos que dan nombre oficioso al parque más famoso de Vallecas.


De repente, desde lo más alto de la montaña más alta, el barrio se había convertido en un cuadro de Brueghel el Viejo: un paisaje completamente invernal, con un cielo violeta que destilaba frío, los tejados, las calles y la hierba cubiertos por la nieve, y en el fondo cientos de diminutos puntos negros en movimiento, disfrutando de la histórica jornada de nieve en el centro de la ciudad.







A la vuelta, el panorama era desolador: ramas de árbol vencidas por el peso de la nieve, coches y ambulancias, así como autobuses abandonados. Sin embargo, este escenario catastrófico no iba a hacer que olvidásemos el espectáculo que acabábamos de contemplar.

La mañana del domingo 10, el cielo se despertó limpio y azul, el ambiente gélido y los ánimos repuestos. La ciudad era ahora un gran parque del que disfrutar sin prisas. Los problemas comenzarían un día después, el lunes, con una ciudad colapsada por la nieve, que tardaría semanas en estar operativa, pero eso ya no es tan amable de contar...



domingo, 19 de septiembre de 2021

Los diferentes prismas de la soledad

"Son muchas las cosas maravillosas que han salido de la ciudad solitaria: cosas forjadas en soledad, pero también cosas que sirven para curarla"


Nueva York como personaje o como un elemento indispensable para el desarrollo de una historia ha sido utilizada en innumerables ocasiones en el cine, en la literatura, e incluso en la música. El último gran ejemplo son el documental y el libro de Fran Leibowitz. En ese sentido, La ciudad solitaria, de Olivia Laing, no se diferencia demasiado, pero sí es bastante original el planteamiento de ubicar en la ciudad sus propias vivencias de la soledad y de siete artistas contemporáneos, convirtiendo las calles y los edificios en sitios sin los que sería imposible entender las experiencias ocurridas en ellos.

Pero al margen de este planteamiento, lo que hace Laing es abordar los diferentes prismas de la soledad a partir de la obra de un artista. De Edward Hopper analiza la soledad de sus cuadros, de sus personajes, de los escenarios y perspectivas vacíos utilizados en los mismos.


En Andy Warhol la soledad se manifiesta en cualquier situación, a pesar de rodearse siempre de gente en fiestas multitudinarias celebradas en su casa de Nueva York. Siendo consciente de esta soledad que experimentó, se entiende la importancia que tuvo en su vida la grabadora que lo acompañó a todos lados durante su etapa adulta. Tangencialmente, también se trata la soledad por desarraigo que vivió Valérie Solanas, una autora underground que intentó acabar con la vida de Warhol con varios disparos en el vientre.


El caso de David Wojnarowicz analiza una obra marcada por la soledad propiciada por la ausencia de una madre y un padre, y los intentos de suplir esa carencia en la adolescencia con encuentros de sexo fugaz y desaforado con otros seres solitarios en los almacenes portuarios del Hell's Kitchen neoyorkino. De esa época es la serie fotográfica Rimbaud en Nueva York.

De Henry Darger, Laing analiza su soledad y desamparo en la edad adulta, más que probablemente motivados por sus problemas mentales. Desarrolló toda su actividad artística en una minúscula habitación, abarrotada de desperdicios de la basura, ordenados y clasificados de una manera muy minuciosa y delirante. Su obra cumbre, Los reinos de lo irreal, plantea una disyuntiva sobre las intenciones de su autor, pues no es sencillo determinar si hace apología de la depravación y de la pedofilia, o existía realmente un deseo de proteger a las niñas que pintó en el cuadro.


En el caso del cantante Klaus Nomi se analiza la soledad derivada de la enfermedad. En la cúspide de su carrera se conoció que fue uno de los primeros famosos en infectarse de sida. Esta enfermedad y las secuelas físicas derivadas de la misma le obligaron al ostracismo social (en buena parte por el desconocimiento y la superstición que envolvía a la misma en aquellos primeros momentos), por lo que tuvo que enfrentar la misma en soledad. Sólo la amistad que le unía a Wojnarowicz y la fundación de una act up por parte de éste para denunciar el abandono que sufrían los enfermos de sida por parte de las autoridades estadounidenses, hicieron que su enfermedad y la de otros millones de personas tuviera visibilidad al final de su vida.

El caso de Josh Harris se utiliza para tratar la soledad del individuo en la época de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Harris llevó a cabo el experimento Quiet, consistente en reunir en un espacio semiclandestino de Nueva York a un grupo de personas videovigiladas durante 24 horas, en una suerte de 'Gran Hermano', pero más extremo. Posteriormente, intentó reproducir el experimento con su pareja durante 100 días, pero ella acabó abandonando antes de tiempo.

La última cara de la soledad analizada por Laing es la de la ausencia, y para ello utiliza la obra 'Strange fruit', de Zoe Leonard. Se trata de una pieza compuesta por pieles de fruta cosidas por un hilo, que por dentro se encontraban vacías, y por fuera, la piel, el hilo y las costuras. Llama la atención, y le vale a Laing para buscar la conexión, que Warhol también tuviera costuras en el pecho y el abdomen, debido a los disparos de Valérie Solanas.


Todos estos prismas tiene la soledad, y el desenvolvimiento de cada uno de ellos en una faceta artística fue lo que ayudó a Olivia Laing en sus momentos más duros en la Gran Manzana. Y por ello, este libro es un magnífico retrato de las últimas décadas de la ciudad, descritas por una persona que vivió una importante experiencia vital en sus calles y detrás de los muros de sus edificios.