viernes, 20 de marzo de 2026

Libros que se leen siendo demasiado mayor


Leí Gente normal, de Sally Rooney desde una playa de Huelva en el verano del año 2021, cuando contaba con cinco años menos de los que me aguardan ahora, a la puerta de la cuarentena, y aún así ya era demasiado mayor para poder disfrutarlo.

Rooney acababa de ser nombrada aquel año, de manera oficiosa, como la autora revelación del 2021, y me acerqué a su Gente normal con la esperanza de encontrar una buena historia. Y aunque está bien escrita, porque Rooney no es mala escritora, el planteamiento se encontraba ya muy alejado de los que me interesaban en aquella época.


El libro cuenta la historia de dos adolescentes (Marianne y Connell), pertenecientes a diferente clase social, uno popular y la otra todo lo contrario, pero que gracias a que la madre de él trabaja de asistente en casa de ella, comienzan a hablar y conocerse, pero a espaldas del resto de compañeros del instituto. Esta relación clandestina finaliza a la vez que esa etapa escolar y comienza la universidad. Aquí ella será la chica popular y él quien no consigue conectar con nadie.

Tras diferentes vaivenes y varias relaciones tóxicas después, sus caminos vuelven a encontrarse (si es que alguna vez se alejaron) hasta que el destino les vuelve a poner a prueba.

Gente normal es la crónica de una relación de amor adolescente, con altibajos, indecisiones y conductas tóxicas, que aunque son propias de la edad, no deberían serlo, y sobre las que cada día parece existir más sensibilidad social. No me pareció una historia muy destacable, ni que merezca tantas alabanzas como recibió por parte de la crítica. La de los amores adolescentes imposibles es una temática muy manida desde, al menos, Romeo y Julieta, y en ocasiones el tema ya no da para más, como es el caso.

Por destacar algo, el estilo de los diálogos es directo y las descripciones son muy precisas (uno se puede impregnar del ambiente de la ficticia ciudad irlandesa de Carricklea), lo que ayuda a digerir un poco mejor la lectura del libro.

En definitiva, se trata, quizá, de una historia recomendable para un público juvenil, pero no para personas de más edad que, como era mi caso, estaba buscando otro tipo de literatura con más poso y, que, afortunadamente, acabé encontrando en lecturas posteriores.  

lunes, 16 de septiembre de 2024

Escribir para sujetar el paso de los días

“El frescor de primera hora de las mañanas de agosto, como una isla insólita. Todavía no se ha levantado la humedad que emborronará el aire, confundiendo las distancias. También es distinta la calidad de este silencio, de pronto atravesado por el canto de un pájaro o el ladrido amable de un perro invisible. Por la claridad baja y dorada, los quietos ramilletes de sombra salpicando las piedras y la levísima brisa en las hojas de los álamos, podría pensarse que atardece.

Desde lo alto de la colina, un avión avanza paralelo al horizonte del mar. Los coches aislados que cruzan, invisibles, el cinturón de Ronda suenan como olas rompiendo en una playa. La ciudad inmediata, a nuestros pies, parece sureña o incluso tropical: azoteas blancas, cuadrados azules de piscinas quietas. Más allá, la grisura de acero y sombra de los grandes edificios. Aquí, ahora, ensueño de pinos antiguos y destellos escarlata de azaleas: un olor seco y alto da paso a otro dulce y denso. De bajada, la campana de la iglesia, entre los árboles, canta las ocho. En el alféizar de una ventana, recostado contra la reja, el gato blanco comienza su aseo. El sol, ya en la cara, indica que hoy volverá a hacer calor”.

La Llama Store

En la mayor parte de las ocasiones, cuando empieza la lectura de un libro de un autor desconocido hasta ese momento, y cuesta empezar a coger el ritmo del libro y del propio autor, lo que menos se espera es que la descripción de un amanecer bajo el ramaje de un patio catalán, deteniéndose con todo lujo de detalles en la paleta cromática que acompaña el momento pueda sorprender tanto, hasta el punto de haberme encontrado pensando en ella en varias ocasiones posteriores, incluso espaciadas en el tiempo, como una especie de válvula de escape de la realidad que aprisiona en cada momento.

No conocía a Marcos Ordóñez hasta que leí Una cierta edad, y eso que lleva años escribiendo las crónicas teatrales en El País, el periódico de referencia durante mi juventud. Pero a partir de ese momento tengo en la lista de pendientes los Juegos reunidos que publicó con Libros del Asteroide.

“Escribo para fijarme. Para caer en la cuenta. Para fijarme en las cosas y en la gente y en lo que pienso y en lo que siento, que no siempre está claro. Fijarme en el sentido de observar todo con mayor precisión, porque todo pasa demasiado rápido, pasa por detrás y pasa por los lados, cuando andamos despistados, embabiecados, envueltos en ruido, y fijarme en la acepción de anclaje, de hincar los pies en el suelo, con las líneas como rieles, para que el viento del tiempo no se lo lleve todo y a mí con él, y no todo se afantasme antes de hora. Y para llegar a fin de mes”.

Una cierta edad es un dietario que el autor fue completando desde 2011 a 2016 con una triple finalidad: "tratar de sujetar lo que se escapa del paso de los días, pensar con un poco de calma, y correr en libertad, jugando con tonos y géneros".

Ed. Anagrama

Y dando cumplimiento a esas motivaciones, en el libro encontramos, por supuesto, mucho teatro y muchos libros, también muchos autores que entran y salen de las notas que componen el dietario, pero también desciende a cosas más mundanas como los achaques de salud o la sensación que siente al sacar un pequeño cuaderno para tomar las notas que sigan alimentando las notas del dietario.

“Me preguntan cuáles son las condiciones indispensables para mi oficio. Contesto: «Que te gusten las historias y las palabras. Intentar atrapar y contar las primeras, y juntar y cambiar de orden una y otra vez las segundas hasta que parezcan, con mucha suerte y mucho empeño, recién brotadas. Si te aburre hacer eso día tras día y que tu frase más repetida sea “Bueno, creo que ya tengo un borrador”, quizá sea mejor que te dediques a otra cosa»”.

Definitivamente, un libro escrito de manera muy ágil, con fragmentos que quedan marcados en la memoria del lector y que dejarán con ganas de leer otras vivencias escritas por este autor.

miércoles, 26 de junio de 2024

Un hilo invisible

“[…] Lo que debes saber es que todos los días nace un millonario que va a querer que un día tú le protejas la vida, los escuincles, la laniza, las piedras. ¿Y sabes por qué Bernabé? Porque cada día también nacen mil cabrones como tú dispuestos a darle en la madre al rico que nació el mismo día que tú”.

Puede afirmarse sin muchos rodeos que México es el paradigma de estado fallido. Con la excepción de los últimos días, centrados en la elección de la nueva presidenta Claudia Sheinbaun, las noticias que llegan a nuestras pantallas reflejan los problemas que enfrenta este país centroamericano: violencia contra las mujeres (feminicidios), corrupción, narcotráfico, desigualdad de clases, etc. Esa es la imagen completa del país que llega a todas las partes del mundo.

Es posible que la imagen que proyecte España en el exterior también esté centrada en los aspectos negativos y, en ese sentido, la concepción de nuestro país no difiera mucho de la ofrecida por México, pero lo que sí parece es que no es tan extrema.

El libro que hoy reseñamos, Agua quemada, de Carlos Fuentes (editorial Mondadori) es una mirada al origen de los problemas que hoy aquejan a México. Y lo hace a través de cuatro relatos interconectados entre sí, a veces de forma tan sutil como un hilo invisible, que obliga al lector a hojear buscando pasajes ya leídos para encontrar un determinado punto de conexión entre lo que se acaba de leer y lo ya visto hace unas decenas de páginas.


Estos cuatro relatos recorren todos los estratos de los que se compone la sociedad mexicana. La dicotomía que plantean las desigualdades de clase se pueden encontrar en cada uno de ellos. En 'El día de las madres' la humilde doña Manuelita había sido sirviente en la casa de una familia vencedora de la guerra civil; en 'Estos fueron los palacios', las edificaciones que dan nombre al relato hoy son casas semiderruidas, que antaño fueron los hogares de familias poderosas y hoy son arrendadas a gente pobre; en 'Las mañanitas' queda patente en las distintas clases sociales de las que forman parte el aristócrata Federico y los asaltantes de su vivienda; pero sobre todo se percibe en el último relato 'El hijo de Andrés Aparicio' en el que un huérfano de familia humilde va ascendiendo en la escala social por acercarse a personas poderosas de la política y del ejército, aunque ello suponga traicionar los principios que mantuvo su padre durante toda su vida.


Y aunque la lucha de clases sea un tema que recorre de manera transversal todos los relatos, la novela trata otros aspectos que podemos encontrar incrustados en el tuétano de la sociedad, no solo de la mexicana, como son la pobreza, la salud mental, el maltrato a la mujer, la corrupción política, la prostitución o incluso el maltrato animal. Desde este punto de vista este libro es de una rabiosa actualidad, a pesar de haber sido escrito en el año 1981.

La persona más bibliófila que conozco tenía por costumbre, en sus viajes de juventud, introducir en su equipaje un libro de un autor del país de destino. Cuando visitó México eligió Agua quemada por toda compañía bibliófila y me dijo que le decepcionó. En mi opinión, no es un libro para nada desdeñable y quien no lo haya leído haría bien en darle una oportunidad.  

miércoles, 24 de abril de 2024

El vacío de miles de cometas al bailar

“Mala cosa el orden, señorita. Una se levanta por la mañana y ve que no ha cambiado nada de lugar. Que solo hay un plato en el fregadero. Que no va a entrar nadie corriendo por el pasillo. Y que todo va a seguir igualito en el mismo sitio a las once y a las tres y a las nueve.

Habrá un día en que eche en falta este revoltijo, se lo digo yo.

Y que se emocione, dentro de mucho, cuando vea una peonza en el cajón de los cubiertos”.

'Los ingratos'. Pedro Simón.

 
Tanto tiempo queriendo en casa un tiempo prolongado de silencio, y cuando por fin llega la tan deseada tregua, no sabemos cómo llenar el espacio que deja.

La tensión del día a día no ayuda precisamente que al llegar a casa lo que más apetezca sea continuar escuchando esa tensión adornada, esta vez, de gritos infantiles y peleas a base de golpes y pellizcos seguidos de carreras a lo largo y ancho de la casa.

Sin embargo, cuando al llegar a casa reina la paz, los gritos se han apagado y se puede escuchar hasta el revolotear de los últimos pájaros de la tarde, empiezas a cuestionarte sí podrías soportar ese silencio impostado para siempre. 

Porque sí, el silencio de esta semana es temporal, pero sobre todo, voluntario. Y, aún así, puedes llegar a presentir un ahogo en el pecho, siquiera de manera infinitesimal, solo de pensar en que hay padres que se encuentran con una ausencia definitiva y no buscada, sino impuesta.

No es posible llegar a imaginar el desgarro interior que ha de notarse cuando el silencio se adueña de la casa y deja de haber juguetes desparramados por todas las habitaciones. Por eso, nos alegraremos cuando el viernes volvamos a tener que alzar la voz para acallar los gritos y peleas que, de buen seguro, empezarán a producirse cuando cruce el umbral de la puerta.

Y es que si cuando bailas llueven miles de cometas, el vacío que dejas es imposible de llenar solo con silencio. 

jueves, 22 de febrero de 2024

Relatos para sobrevivir al gran apagón

“Es septiembre -a pesar de haber dejado la escuela hace décadas, el calendario escolar sigue ejerciendo una poderosa influencia sobre ella- y se siente deseosa de empezar cosas nuevas. Es la estación de la abundancia; los manzanos están cargados de fruta, la hierba salvaje que queda junto a la autopista está crecida. La brisa mueve los árboles. Todo emana profundidad, es el último esplendor del verano. Dentro de un par de horas, por la tarde, una tormenta lo barrerá todo, limpiando el aire”.

Una playa repleta de niños adultos un fin de semana de finales de junio, un bonito y cuidado hotel de playa, una tormenta amenazante que, de repente, cambia de dirección y nos deja seguir disfrutando de algo tan básico como estar al aire libre, pero que un año y unos meses atrás recordábamos con añoranza desde nuestras ventanas a las 8 de la tarde. También un autobús en el que no cabía ni un alfiler y en el que, por tanto, era imposible guardar la conocida distancia de seguridad.

En estos escenarios, que ahora han venido a mi memoria, me acompañó el libro de relatos de A. M. Homes Días temibles. Y lo recuerdo, precisamente por las excepcionales (y pandémicas) circunstancias en que fue leído. Porque siempre me acompaña un libro en el transporte público o en la playa, pero espero que nunca, nunca más, tenga que volver a leerlo con la cara cubierta y las gafas empañadas.

Días temibles, editado en España por Anagrama, es un libro compuesto por doce relatos de distinta extensión, que mantienen una autonomía propia y una calidad indiscutibles.

Dentro del conjunto de relatos, destacan por derecho propio 'Días de ira', que contiene el diálogo mantenido entre sus protagonistas del que se extrae el título del libro; 'Muestra nacional de pájaros', escrito en un interesante formato de chat; 'La última vez que lo pasó bien', que recrea el viaje solitario de un hombre adulto a Disneyland en busca de algo que perdió hace muchos años, y que no era necesariamente material; 'Un premio para cada jugador', donde una serie de casualidades desembocan en una candidatura al cargo político más poderoso de la tierra y 'Ella se escapó' (una suerte de continuación de 'Hola a todos') donde la A. M. Homes más cruda nos plantea un encuentro frontal con la soledad, sin abandonar ni el surrealismo ni el humor ácido.

Pero, como decía, 'Días de ira' se merece la importancia que tiene dentro del libro, y es que la primera vez que, al igual que en este relato, me vi sumergido de lleno en el ambiente universitario de un campus estadounidense fue en el libro de Chad Harbach El arte de la defensa con el orden en sus despachos, clases y bibliotecas, con el olor a césped recién cortado de los jardines y el campo de beisbol. Pues el relato que da nombre al libro de A. M. Homes me ha teletransportado nuevamente hasta allí por los personajes, el ambiente, los escenarios, la época del año en que se ambienta, pero también por los dilemas éticos a los que se ven sometidos sus protagonistas. Se trata, en definitiva, de un relato que justifica, por sí mismo, la lectura del libro.

Y apuntaba antes, también, al humor ácido y sangrante y las situaciones surrealistas o, directamente fantásticas, que son seña de identidad de la autora, siendo elementos que impregnan todos los relatos que componen el libro como una lluvia fina, que moja pero que no incomoda.

Días temibles es un libro que difícilmente va a defraudar, y en el inusual caso de que lo hiciese al menos habremos aprendido cómo actuar para sobrevivir al gran apagón. 

jueves, 18 de enero de 2024

La investigación que habría emocionado a Stieg Larsson

“Resultaba obvia la cantidad de tiempo que Stieg debía de haber dedicado (noches largas, fines de semana y jornadas laborales) a leer, reflexionar, escribir y clasificar material. Muchas horas que podría haber dedicado a hacer cosas con Eva y con sus amigos; tiempo que podía haber dedicado a cualquier otra ocupación. Podría haber creado una familia normal y corriente; podría haberse instalado en Bromma. Pero entonces no habría sido Stieg Larsson. Las novelas no se habrían escrito, las extrema derecha podría haber actuado más libremente en Suecia y sus investigaciones sobre el asesinato de Palme jamás se habrían llevado a cabo”.

En más ocasiones de las que serían necesarias se utiliza la figura de algún archiconocido director de cine (en internet es de uso común el meme "el/la [inserte lo que corresponda] que emocionó a Spielberg) o escritor en dudosas estrategias de márketing. En el caso del libro que hoy traemos, aunque algo de eso haya, la mención a Stieg Larsson está más que justificada.

Antes de su fallecimiento, el escritor sueco de la saga Millenium había comenzado una línea de investigación encaminada a esclarecer el misterioso asesinato de Olof Palme, que se produjo a la salida de una sala de cine de Estocolmo el 28 de febrero de 1986.

El trabajo, que quedó inacabado por su repentina muerte cuando terminaba de subir la escalera que conducía a su despacho, fue continuado por el periodista y escritor sueco Jan Stocklassa en el libro 'Stieg Larsson. El legado. Las claves ocultas del asesinato de Olof Palme', editado en España por Roca.

El asesinato del primer ministro sueco trajo de cabeza a la fiscalía y a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado del país escandinavo hasta que pudieron cerrarse definitivamente todas las líneas de investigación en el año 2020 y determinar al verdadero culpable.

Pero hasta ese momento, los responsables de la investigación dieron bandazos, siguieron pistas poco fiables, cabos sueltos, a la vez que dejaban caminos más seguros para esclarecer la verdad y, en definitiva, dejaban escapar un tiempo valiosísimo para esclarecer los hechos. ¿Quién era y qué participación tuvo en el crimen el misterioso "Hombre de Skandia"? ¿Cómo de involucrados estaban el hombre y la mujer que abandonaron en motocicleta apresuradamente el lugar de los hechos? ¿Son fiables las declaraciones vertidas por un viejo confidente sobre el interés de algunos estamentos paramilitares de Sudáfrica en asesinar a Olof Palme?

A todas estas pregunas, y las diferentes ramificaciones que se derivan de todas ellas, trata de dar respuesta Jan Stocklassa en este entretenido y bien documentado ensayo periodístico. Eso sí, para disfrutar su lectura recomendamos no buscar en internet noticias relativas al cierre de la investigación por la fiscalía sueca. Una vez terminado, entonces sí. Y con todas las cartas encima de la mesa, ver cuánto acertó Stieg Larsson y sacar nuestras propias conclusiones.

jueves, 11 de enero de 2024

Fácil para mí

A finales de noviembre, mientras merodeábamos por las tiendas de restauración del aeropuerto de Bruselas en busca de algo para desayunar que no pusiera en riesgo la estabilidad financiera de nuestra familia, comenzó a sonar la canción 'Easy on me', de Adele.


Quizá fuera el ambiente prenavideño en el que nos encontrábamos (veníamos de darnos un atracón de mercadillos y atracciones navideñas en Bruselas, Brujas y, en menor medida, Gante) del que un no-lugar como un aeropuerto tampoco puede abstraerse, o quizá fuese la sensación de encontrarnos en un país ajeno (cercano pero ajeno, al fin y al cabo), lejos de nuestros familiares, y ser consciente de que muchas personas se ven abocadas a vivir esa misma sensación, y no de manera voluntaria, sino empujados por la necesidad de labrarse un futuro en tierra extraña, pero lo cierto es que esa canción, en ese momento, logró remover algo en mi interior como hacía tiempo que ninguna otra lo hacía.

Y quizá fuese ese "click", experimentado entre cafés a precios desorbitados, el que hizo que la familia (y el concepto propio de la misma) cobrase a partir de ese momento un nuevo sentido que, aunque hasta ahora había estado latente, en adelante iba a estar más presente que nunca.

Nuestra cabeza puede estar repleta de problemas durante la mayor parte de nuestra existencia (laborales, frustraciones por la no consecución de un objetivo material, etc.), pero tiene la capacidad de relativizar todo y de mandar al fondo del cajón de las prioridades hasta la mayor de esas complicaciones cuando un ser querido (o un conjunto de ellos) comienza a pasar por dificultades dignas de tal nombre.

La carga excesiva de trabajo, la presión por los plazos de entrega, la falta de reconocimiento, elementos que nos atenazan en el día a día hasta el punto de hacer tambalear nuestra estabilidad emocional, pasan de manera automática a un plano completamente invisible cuando un ser querido pasa por una dificultad que te hace plantearte hasta qué punto las tuyas lo son.

Esta Navidad que acaba de terminar me ha servido para valorar la importancia de querer y ser querido, de cuidar y ser cuidado; de lo importante que es el sentido de pertenencia a un sitio, a un lugar, a un grupo, se componga éste de amigos o de familia; de lo imprescindible que es arropar y ser arropado cuando el año que acaba de terminar ha sido duro y el que comienza tiene retos colosales por delante.

Seguramente, ni la Navidad ni los propósitos de Año Nuevo nos ayuden a ser mejores personas, pero, al menos en mi caso, me han enseñado a valorar más y mejor los buenos y, también, los malos momentos, precisamente por ser consciente de la red de apoyo que tenemos bajo nuestros pies. Sabiéndolos cerca en todo momento, cualquier reto es fácil para mí.

jueves, 4 de mayo de 2023

Palabras para un oscuro futuro


"Hija mía es mejor vivir

con la alegría de los hombres

que llorar ante el muro ciego".

La poesía es uno de los géneros más inaccesibles hasta para el lector menos perezoso a la hora de enfrentarse a las solapas cerradas de un libro. Por lo general, la narrativa es elegida para los momentos de distensión, como entretenimiento en vacaciones, fines de semana o en los momentos finales del día, cuando la mente está (o debería estar) más despejada.

Un peldaño por encima se encuentra el ensayo, un género no tan sencillo de encarar como la narrativa, que exige un punto adicional de concentración en el tema concreto del que trate el libro, y que no siempre tiene que coincidir con nuestros intereses, asegurándonos así una apertura del conocimiento a campos inexplorados en su totalidad o en su mayor parte.

Pero la poesía siempre necesita de una atención adicional (no es suficiente una atención superflua que, en muchas ocasiones, dedicamos a una novela o a un ensayo que no nos interesa en exceso) y precisa que, como lectores, hagamos un ejercicio de situarnos en la piel del poeta para tratar de entender el sentimiento y las circunstancias que le llevaron a trasladar sus pensamientos a los versos del poema.

Por estos motivos, hasta hace muy poco no me había atrevido todavía a tomar prestado, ni mucho menos comprar, un poemario. Pero hace relativamente poco tuve conocimiento de una inspiradora entrevista al tristemente fallecido Miki Naranja que hizo sacudir las telarañas de ese pensamiento e hizo que perdiera ese miedo atávico al género. A día de hoy, son varios los poemarios que esperan el turno en las estanterías, y otros tanto, como el que hoy analizo, que ya han sido leídos en esos momentos de mayor lucidez mental.

Es cierto que el poemario elegido en esta ocasión no era del todo desconocido, porque ¿quién no ha escuchado alguna vez el 'Palabras para Julia' en la voz rasgada de Paco Ibáñez. Pero siendo ese el emblema del poemario de José Agustín Goytisolo (y el motivo por el que más de un lector habrá recalado en las páginas de este libro), estos versos no son la única razón por la que deberíamos detenernos en la obra de este poeta catalán.

 

Volviendo al 'Palabras para Julia', los que somos padres, y más concretamente de descendientes del género femenino, nos hemos imaginado en alguna ocasión preparando a nuestros hijos para el tránsito de la niñez a la vida adulta. Y en esa conversación figurada bien les podríamos advertir de que se sentirán acorralados, perdidos o solos, que sentirán que la vida ya no tiene objeto y que es un asunto desgraciado; pero en un intento desesperado de animarlos les recordaremos que, a pesar de todo, la vida es bella, que tendrán amigos y conocerán el amor, que pese a las ganas de lo contrario no deberán rendirse ni apartarse junto al camino. Y algún día, viéndolos partir, nos quedaremos pensando en ellos, como ahora los pensamos.

Pero sería injusto terminar la reseña en este punto, haciendo mención únicamente al archiconocido 'Palabras para Julia', y obviando otros que merecen igual o más mérito que aquél, por las circunstancias en que fueron creados. Y es que teniendo en cuenta que el poemario fue escrito en plena dictadura franquista, textos como 'Mala cabeza', 'Soldado si' y 'Más que una palabra' denuncian la situación de represión que se estaba viviendo en España, a la vez que reivindicaban y ensalzaban el valor de la libertad robada al pueblo.

En la habitación

de al lado

en la misma

habitación

que hasta hace poco

era mía

rodeada de los mismos

libros en las

mismas librerías

mirando los mismos

cuadros sobre las

paredes mismas

toda asombro

vida ojos

amor manos

alegría

canta y juega

ríe ríe

una niña una

niña

Otros poemas de amor paterno-filial ('Con nosotros' o 'Soledad') o amor romántico cierran este clásico de la poesía española editado por Lumen, constituyendo un buen libro para iniciarse en este género.

Por mi mala cabeza

yo me puse a escribir.

Otro por mucho menos

se hace guardia civil.

 

Por mi mala cabeza

creí en la libertad.

Otro respira incienso

las fiestas de guardar.

 

Por mi mala cabeza

contra el muro topé.

Otro levantó el muro

con los cuernos tal vez.

 

Por mi mala cabeza

sólo digo verdad.

Por mi mala cabeza

me descabezarán.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Fingir


Nos encontramos en una época, este período prenavideño, en el que a muchas personas les va a tocar asumir compromisos en los que no les apetecerá estar. Unos podrán ser esquivados, pero en otros nos veremos dentro de los mismos sin opción. En los casos más extremos, habrá quién querrá evitar comparecer hasta a las propias cenas familiares de Nochebuena y Nochevieja, de las que no está bien visto escabullirse. Pero lo que es seguro es que en todos estos casos, a quien le toque ser partícipe de los mismos sin desearlo, le va a tocar fingir: fingir desear estar allí, rodeado de gente con la que, en el mejor de los casos, lo único que te une es el hecho de estar en nómina de la misma empresa, o personas con las que, pese a tener un vínculo familiar, sólo compartes una vez al año los canapés resecos que sobraron de la noche anterior. 

Y es que fingir es un sentimiento consustancial a la condición humana, que Julio Llinás traslada a algunos de los principales personajes de las historias que pueblan De eso no se habla, el libro que comentamos en esta nueva entrada del blog. Porque, ¿acaso no fingía la pobre Carlota ser una persona feliz entre las calles de ese pueblo de montaña, al mismo tiempo que se encontraba encerrada en su eterno cuerpo de niña? O el propio Llinás, convertido en el personaje principal del relato llamado El día siguiente, ¿no fingía cuando parecía estar divirtiéndose en una convención de publicistas de empresas de tabaco celebrado en la soleada Niza, a la vez que la vida de su hijo estaba siendo arrasada por la droga y el alcohol en Buenos Aires, en la otra punta del mundo?


Pero no sólo estas dos historias merecen la pena en De eso no se habla, pues el libro está poblado de otros relatos cortos, que concentran en muy pocas páginas la maestría con la que Llinás recoge la psicología de sus personajes. Entre estos relatos de menor extensión (que no menor calidad) destaca El violín, la historia de un hombre aferrado a este instrumento musical, que tiene un gran valor económico y, por tanto, puede ser la solución a los problemas financieros que le acucian, pero, pese a ello, es una circunstancia que decide ocultar a todo el mundo y aprender a tocar el violín en su senectud, a pesar de llevar intentándolo desde su juventud con infructuoso resultado.
“Doña Amapola presentía que en el fondo de una mujer que a veces era ella, se iba incubando uno de aquellos tornados precursores de los grandes tormentos del corazón. Lo presentía, lo deseaba y lo temía simultáneamente. Augusto Pez era un marido expiatorio a cuya ansiedad metafísica podía ella atribuir su propia angustia, enmascarando así la falta de confianza en su persona y la pesadilla del fracaso, que suele ser más cruel que la derrota misma. Ella fingía ignorar que, tarde o temprano, nadie se libra del fracaso, como solía apuntarle su marido cada vez que le increpaba: «¿Por qué le gusta perder?...» «No es que me guste…», decía don Augusto. «…Pero es más decoroso…»”.
También hay que detenerse en el relato Una fuerza mayor, un cuento breve en el que se entremezclan el amor y la oscuridad. Celedonio Cuevas enviuda de la Ramona, mujer a la que rescató de la prostitución, pero que acaba falleciendo de una extraña enfermedad. Una adivina del pueblo le promete que si viaja a la gran ciudad, antes de cinco días saldrá a su encuentro un misterioso ser llamado Mandinga, que le hará reencontrarse con su amada. La sensación de desasosiego que consigue transmitir Llinás cuando, de manera sucesiva, Celedonio Cuevas hace su maleta con las escasas pertenencias de las que dispone, cuando se pierde entre la multitud en la estación de tren de la ciudad y cuando el lector es consciente de que él también está contagiado por la enfermedad que mató a su amada y de que le espera el mismo destino antes de cinco días, es uno de los momentos cumbre del libro, y que perduran en la cabeza del lector meses y meses después de su lectura.
"No le importaba no haber sido el primer hombre de aquella mujer sagrada. Había sido el último… y el primero en amarla. Tan pequeñita y tan frágil, y al mismo tiempo tan fuerte de palabra y decisiones, él había sido el primero en intentar protegerla de sí misma y sería el único, sin duda, en recordarla eternamente, más allá de la muerte de los dos”.
En cuanto a lo tenebroso de los relatos y esa estética cortazariana que recuerda a cuentos como La casa tomada, relatos como El espejo, Una fuerza mayor o La encomienda también cobran un especial protagonismo dentro del conjunto del libro. Junto a estos, otros relatos como A salvo del tiempo, La cita o Los ojos de Benigno Sierra y su doliente corazón pasan bastante desapercibidos, a pesar del buen hacer de Llinás en la construcción de los personajes que habitan sus páginas.

Pero es indiscutible que los ejes vertebradores del libro son De eso no se habla, El desfile y El día siguiente, relatos que por su extensión permiten un desarrollo y profundización en sus tramas y en el conjunto de sus personajes que, por razones lógicas, no es posible abordar en historias de menor envergadura.

El relato que da título al libro tiene a una protagonista poco convencional, pues sufre una malformación, que la madre de la pequeña Carlota, doña Leonor Bacigalupo, no duda en llamar por el tan poco científico nombre de enanismo. A pesar de las evidencias, doña Leonor impuso su ley del silencio a los habitantes del pueblo con el ya consabido "de eso no se habla".
“La niña Carlota iba creciendo (valga, por Dios, el eufemismo) entre una nube de profesores que doña Leonor mandaba venir de Córdoba […]”
A pesar de esta circunstancia, ello no impidió que uno de los notables del pueblo, que le superaba ampliamente en edad, se enamorase de ella. Así fue como la pequeña Carlota y Ludovico Andrea comenzaron una historia de amor que, pese a las dificultades, acabó en matrimonio. Pero tomar conciencia de su situación le hizo verse a sí misma como un pájaro enjaulado, que vio abrirse la puerta de su celda el día que por las montañas que rodeaban el pueblo vio aparecer algo que le acabaría cambiando la vida a ella y a su esposo Ludovico.

El segundo relato largo del libro es El desfile. Cuenta los delirantes hechos que acompañaron a la organización de un fastuoso desfile en el pueblo de Santísima Virgen de todas las Mercedes, diseñado a mayor gloria de su alcalde Poncio Perrota. La acción se desarrolla en varios eventos aparentemente desconectados entre sí, pero que confluyen y guardan relación con el desfile, como el banquete celebrado en la villa de la viuda de Roque Gottifredo, que reunió a la plana mayor del poder civil, eclesiástico y militar del municipio, la competición de miembros viriles que tiene lugar en el asfixiante habitáculo de la lechería del pueblo entre un vasco del pueblo adyacente y el joven Ottolina, empleado de Correos, pero que tiene como inesperado ganador al "opa" Nicola Straffesa, gracias al tamaño de lo mostrado, que equivalía, a decir de los presentes, a un bebé de tres meses; o la que protagoniza el joven Ottolina cuando eyacula sobre los pantalones de un uniforme histórico que perteneció a uno de los próceres del municipio. La cosa, finalmente, acaba a tiros, cuando el general Bermúdez quiere tomar el poder por las armas, sin contar con la destreza que el alcalde Perrota también tiene con ellas.
“Estas cuestiones sopesaba el mandatario, a pesar de tener formado ya su criterio sobre el tema, no sólo a causa de sus visitas semanales al legendario lenocinio, sino de su convicción ontológica de que todas las mujeres eran putas (tenía la astucia de incluir a su madre), de que todos los hombres eran ladrones (tenía la astucia de incluirse a sí mismo), de que todos los religiosos eran bribones disfrazados de viudas y de que todos los militares eran cornudos (tenía la astucia de no incluir a nadie en particular en esos dos últimos empleos).
El tercer y último relato principal es El día siguiente. Visto con perspectiva, este relato deja entrever más de lo que aparenta a primera vista. En la superficie, se encuentra protagonizado por el propio Julio Llinás, y cuenta su estancia en Niza, en el sur de Francia, en un hotel en el que se celebra una convención de creativos y dirigentes de empresas de tabaco; gente poderosa hecha a sí misma y, por tanto, gente que ya no se encuentra en la juventud. En el relato, ello equivale a bromas casposas entre cincuentones, sus esposas y el propio alter ego del autor. Desde este punto de vista, uno siente vergüenza ajena durante su lectura. Pero junto a este Llinás que repele, se encuentra, ya más lejos de la superficie, otro más íntimo, que deja entrever los conflictos que mantiene con su hijo, que vive en Buenos Aires, a cuenta de lo que parece una adicción con las drogas, y en cierto modo parece arrepentirse de no poder estar con él para ayudarlo, a la vez que se siente culpable por el viaje que está disfrutando. Pero también parece ser consciente de la falsedad y artificialidad que le rodea, con risas a mandíbula batiente y falsas lágrimas de risa. En este tramo del relato, todo vuelve a dar vergüenza ajena, y lo mejor es que pronto llega a su fin.
“He sido un hombre que ha vivido incómodo entre los niños cuando niño, entre los estudiantes cuando estudiante, entre los deportistas cuando deportista, entre los escritores cuando escritor, entre los maridos cuando marido, entre los padres cuando padre, un hombre cuya última esperanza consiste en hallarse a gusto entre los muertos, cuando muerto. He sido tantas veces arrancado de lugares y paisajes, de tibios brazos palpitantes, de actividades aparentes, de ensoñaciones y certezas, de estremecedores sentimientos de felicidad y de grandeza, que ya no tengo lugar en este amargo universo de lugares, repintados y terrosos como viejos bancos de estación ferroviaria, lugares seguros y concretos, desde los cuales se oye el traqueteo del tren y se vislumbra la banderola verde del guardabarreras. No me ha faltado la engañosa tentación de convencerme de que no tener lugar es como tenerlos todos, una curiosa condición de nomadismo espiritual, de errante extranjerismo”.
Julio Llinás es un autor que no solo nos ha legado su obra, sino que sus genes han traspasado la literatura, y gracias a eso podemos disfrutar de la interpretación de su hija Verónica (La odisea de los giles, la adaptación cinematográfica del libro de Eduardo Sacheri La noche de la Usina, ha sido uno de sus últimos trabajos) o los guiones de su hijo Mariano (Argentina, 1985, la película que narra el juicio a la cúpula de la dictadura militar de Videla ha sido su último guion). En una u otra vertiente, seguiremos gozando del trabajo de esta familia tan polifacética.  

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Diseccionando el dolor


Existe un imagen muy simbólica (y también muy recurrente, para qué negarlo) que sirve para representar la paciencia: un científico en un laboratorio, rodeado de piletas, probetas y tubos de ensayo observando pacientemente la reacción de una composición que acaba de depositar en una de esas placas de cristal sobre las que luego se sitúa otra del mismo tamaño, que ejerce presión sobre la primera y sobre la mezcla. En otras ocasiones, lo que se somete a observación es el comportamiento de un determinado ser vivo o especie sometida a alguna situación o estímulo previamente fijado por el científico.

Sin embargo, esa representación de la paciencia no se había trasladado nunca a la literatura por medio de la disección de un sentimiento como es la pena por la pérdida de un ser querido. Ese tratamiento casi científico del duelo por la pérdida de su pareja es el objetivo del libro Una pena en observación, de C. S. Lewis, que se encuentra magistralmente traducido al español por Carmen Martín Gaite.

"Y, en el entretanto, ¿Dios dónde se ha metido? Éste es uno de los síntomas más inquietantes. Cuando eres feliz, tan feliz que no tienes la sensación de necesitar a Dios para nada, tan feliz que te ves tentado a recibir sus llamadas sobre ti como una interrupción, si acaso recapacitas y te vueles a Él con gratitud y reconocimiento, entonces te recibirá con los brazos abiertos – o al menos así lo vive uno. Pero vete hacia Él cuando tu necesidad es desesperada, cuando cualquier otra ayuda te ha resultado vana, ¿y con qué te encuentras? Con una puerta que te cierran en las narices, con un ruido de cerrojos, un cerrojazo de doble vuelta en el interior. Y después de esto, el silencio".

En la obra, el escritor describe el proceso de duelo que comenzó tras el fallecimiento de su pareja, la poetisa norteamericana Helen Joy Davidson Gresham ('H' en el libro), y lo hace diseccionando todos y cada uno de los sentimientos y sensaciones que puede experimentar una persona en esa misma situación: miedo, soledad, ausencia, inseguridad y, por supuesto, dolor.

"Es increíble cuanta felicidad y hasta cuánta diversión vivimos a veces juntos, incluso después de que toda esperanza se había desvanecido. Qué largo y tendido, qué serenamente, con cuánto provecho llegamos a hablar aquella última noche, estrechamente unidos".



Desgraciadamente, todos en algún momento de nuestra vida estamos destinados a experimentar esa catarata de nefastos sentimientos ante la pérdida de un ser querido, pero pocos, muy pocos, son los elegidos para ir extrayendo cada uno de estos elementos que componen la pena e ir depositándolos en una bandeja sobre el teatro de operaciones y hacer con ello una obra memorable y casi un tratado científico sobre el dolor.

"Éramos uña y carne. O, si lo preferís, un solo barco. El motor de proa se fue al garete. Y el motorcito de reserva, que soy yo, tiene que ir traqueteando a duras penas hasta tocar puerto. O, mejor dicho, hasta que acabe el viaje. ¿Cómo voy a poder alcanzar el puerto? Más que una orilla resguardada, lo que hay es una noche oscura, un huracán ensordecedor, olas gigantes que se te echan encima y el oscilar en el naufragio de cualquier luz que brille en tierra".

Si bien no es una adaptación del libro, la película Tierras de penumbra, de Richard Attenborough, y protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger, se desarrolla en el momento vital descrito en la obra de C. S. Lewis, y su visionado resultará un complemento perfecto a la lectura del libro.

"Creí que podría describir una «comarca», elaborar un mapa de la tristeza. Pero la tristeza no se ha revelado como una comarca sino como un proceso. No es un mapa lo que requiere, es una historia; y si no dejo de escribir esta historia en un momento determinado, por caprichoso que sea, no habría razón para que dejara de escribir nunca".

"Si supiera que el estar separado siempre de H. y olvidado por ella eternamente pudiera añadir mayor alegría y esplendor a su ser, por supuesto que diría: «¡Adelante!» Igual que, aquí en la tierra, si hubiera podido curar su cáncer a costa de no volverla a ver, me las habría arreglado para no volver a verla. Lo tendría que haber hecho. Cualquier persona decente lo habría hecho". 

Definitivamente, Una pena en observación es un viaje hasta los confines de un hombre devastado por la pena, pero que acaba demostrando que no son tan diferentes de los que podemos albergar los demás. La única diferencia entre él y nosotros es la capacidad de trasladarlos al papel. 

lunes, 11 de julio de 2022

Fino escarnio


A los que vamos teniendo una cierta edad no se nos puede olvidar el impacto causado por un, por entonces, nuevo personaje televisivo aparecido en Operación Triunfo, uno de esos programas creados al modo de las factorías tradicionales, capaz de crear y, casi de manera simultánea, triturar esos productos recién creados (en este caso, supuestamente culturales) a una velocidad endiablada.

La performance de la que este personaje participaba consistía en lo siguiente: los aspirantes a artista iban desfilando uno detrás de otro intentando mostrar sus mejores aptitudes vocales, físicas y de cualquier otro tipo imaginable, y al final de la exhibición intervenía un jurado, aparentemente profesional, que valoraba las actuaciones. Hasta aquí, todo entra dentro del tedio propio de este tipo de concursos. A lo que no estaba tan acostumbrado el espectador era a la crueldad de los comentarios que nuestro personaje dedicada a los jóvenes que estaban tratando de conseguir su sueño de triunfar en el mundo de la música. Y ese desprecio, no nos engañemos, era el que cada semana hacía reventar los audímetros de las televisiones, y no la voz, el afán de superación o el espectáculo que podían ofrecer esos aspirantes de usar y tirar.

Es inevitable no acordarse de programas como éste y del miembro más famoso de su jurado al leer 'Correo literario' (Nórdica Libros), de Wizslawa Szymborska. Esta poetisa polaca, que fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en el año 1996, mantuvo durante casi tres lustros (de 1968 a 1981) una columna periódica en la revista 'Vida literaria' en la que valoró críticamente cientos de poemas que jóvenes autores hacían llegar a la publicación con el ánimo y la esperanza de poder verlos publicados entre sus páginas.


Y donde quizá otro autor se hubiese limitado a rechazar esos poemas de, seguramente en no pocas ocasiones, dudosa calidad, Szymborska convierte ese fino escarnio en un género literario en sí mismo. Y lo lleva a cabo haciendo gala de un humor sibilino, en ocasiones hiriente, pero sobre todo sarcástico, que los pobres aspirantes a poeta tuvieron que sufrir en sus propias carnes. Es cierto que en el libro se cita a los destinatarios de la crítica de tal forma que no es posible identificarlos (y desconocemos si la revista literaria seguía la misma fórmula), pero tenía que causar impresión recibir una respuesta así de una persona a la que aspiras parecerte, y que el público en general tuviera acceso a la misma.

“[…] si leyera usted nuestra columna con mejor disposición, podría darse cuenta de que siempre que encontramos algo digno de elogio, intentamos subrayarlo. Que los elogios sean relativamente pocos ya no es culpa nuestra. El talento literario no es un fenómeno de masas”.

“«Pido perdón de antemano por las faltas de ortografía, pero tenía mucha prisa cuando estaba pasando el texto a limpio…». Es curioso. Hasta ahora pensábamos que las prisas afectaban solo a la legibilidad de la letra. Además, si ya nos ponemos así, haya se escribe más rápido que halla”. 

“«O me dan cierta esperanza -por mínima que sea- de ser publicado, o si no, al menos, consuéleme…». Tras la lectura de su texto nos vemos obligados a elegir lo segundo”. 

Aunque en esta ocasión leí el libro en versión digital, la edición está tan cuidada como todo lo que toca Nórdica (de hecho, me he encontrado en alguna librería con el ejemplar físico, y puedo corroborar que es así), y pese a ser un libro breve, que se lee y se disfruta en poco tiempo, resulta totalmente recomendable para aquellos lectores bibliófilos que disfruten leyendo sobre literatura y todo lo que rodea el mundo de libro, y que, a juzgar por el ingente volumen de publicaciones sobre esta temática en los últimos tiempos, cada vez somos más numerosos.

jueves, 19 de mayo de 2022

Una maleta llena


En muchas ocasiones, cuando nos desplazamos desde nuestro lugar de residencia habitual hasta la zona que hemos elegido para pasar nuestras vacaciones llevamos en la maleta cierta cantidad de ropa, más o menos ligera atendiendo al destino, una cierta cantidad de libros, más o menos numera atendiendo al tiempo de la estancia, y sobre todo algo que no suele ocupar espacio físico, pero que se viene con nosotros con el deseo de que el salitre y la fuerza de las olas nos lo vayan desprendiendo poco a poco, o alguna ráfaga de aire serrano se los lleve bien lejos: son los problemas laborales, personales, familiares, que siempre nos acompañan al inicio, y muy rara vez, afortunadamente, vuelven con nosotros.

De lo que nos olvidamos con bastante frecuencia es de que las personas que limpian nuestras habitaciones en los hoteles o aquéllas que nos sirven la comida en los restaurantes tienen sus propios problemas (precariedad laboral y falta de oportunidades en su municipio habitual que les obliga a vivir en una lejana ciudad la mayor parte del año cuando los turistas nos vamos, por mencionar sólo dos de los que varios trabajadores nos comentaron en las últimas vacaciones) que ya se encontraban antes de que llegáramos y ahí van a quedar cuando arranquemos el motor de nuestro vehículo.

“[…] Tienen el rostro noble aquellos hombres. Una dignidad que transparenta bajo la barba de dos días y los vestidos miserables y desgarrados”.

Desconocemos qué había en la maleta física de Juan Goytisolo antes de comenzar su viaje por los campos de Níjar (aunque a juzgar por la crónica de sus andanzas de un pueblo a otro, iba ligero de equipaje). Otra cosa es la carga de otra maleta, la mental, que conociendo los orígenes del escritor y su bagaje, seguro que no comenzó vacía. Lo que sí se puede afirmar sin mucho margen de error es que la maleta que el autor fue llenando durante su estancia en esta comarca almeriense acabó llena de vivencias que llevarse de vuelta a Barcelona.

“En el pueblo, los niños me siguen con curiosidad -los niños flacos y oscuros del sur, de pelo anillado y ojos expresivos, medio enanos y medio diablejos, con sus manitas móviles, sus voces cantarinas y una tristeza adulta que transparenta siempre bajo los rasgos maliciosos y ávidos”

Y es que en los campos y pueblos de Níjar, Goytisolo fue reconociendo la cara más amarga de un país que se quedó anclado en el año 1936: caciquismo, clasismo, pobreza (encarnada en mayores y chiquillos harapientos), hambre, enfermedad y, finalmente, muerte. No hay pueblo por el que pase en el que no estén presentes uno o varios de estos elementos a la vez. En el libro, no hay lugar para la esperanza, y a pesar de la luminosidad del paisaje y la limpieza del mar, todo está recubierto de un halo de desazón, tristeza y desgracia, como la escena que cierra el libro, ubicada en mitad de un velatorio por la muerte de un muchacho.

“El bajito lleva el talego sobre el hombro y me cuenta que hace diez años que recorre el mismo camino, mañana y tarde, sin desviarse un solo paso.

-Dicen que el mundo cambia y pronto llegaremos a la luna, pero pa nosotros, tós los días son iguales”.

[...]

“-Aquí los chavales empiezan a trabajar a los siete años -comenta mi vecino.

-¿No van a la escuela?

-Los padres no les dejan y, a su modo, tienen razón. El hambre les espabila más aprisa”.

Pero lo que más llama la atención, a nuestro juicio, es la frialdad y la distancia que, de manera voluntaria, marca el autor con quienes se acercan a él en busca de ayuda, o simplemente comprensión. Y esa actitud se ve en el joven que al final del libro le pide ayuda para buscarse la vida en Cataluña, pero también con el viejo que vende en la carretera y que se sincera con él contándole que ha perdido un hijo, y  con las familias que visita, con las que se nota que ha decidido guardar una distancia prudencial porque nada tienen que ver con su mundo.

“-El mayor no era como ellos.

-¿No?

-Desde pequeño pensaba en los demás. No en su madre, su padre o sus hermanos, sino en todos los pobres como nosotros. Aquí la gente nace, vive y muere sin reflexionar. Él, no. Él tenía una idea de la vida”.

Pese a estas cautelas, sería ingrato no reconocer que nos encontramos ante una gran crónica de viajes, que refleja a la perfección la sociedad de la época de una de las zonas más deprimidas del país, que nos presenta de manera descarnada y cruel un período de tiempo y una región en la que no todo eran resorts de lujo junto a playas vírgenes y turistas colonizando todo durante unos días antes de volver a sus ciudades.

“-Por eso me gusta Almería. Porque no tiene Giralda ni Alhambra. Porque no intenta cubrirse con ropajes ni adornos. Porque es una tierra desnuda, verdadera…”

Después de 'La saga de los Marx', 'Campos de Níjar', aun siendo conscientes de que se trata de otro género, supone un salto cualitativo, que resulta más entretenido y mucho más interesante.