domingo, 2 de septiembre de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
Patriotismo fosilizado
Recuerdo que comencé este libro la misma noche en que España ganó la Eurocopa de 2012 contra Italia. El hecho de que se desatara un sentimiento patriótico tan "desbocado", mientras días atrás se había anunciado una amnistía fiscal para los estafadores de impuestos (¿qué mejor manera de demostrar el amor por tu país que ingresando religiosamente en sus arcas todo lo que le corresponda a tu nivel de ingresos?), y otras cuestiones como el hecho de que el Presidente del Gobierno decidiera acudir a la final del campeonato en vez de supervisar las labores de extinción de uno de los mayores incendios que ha asolado la geografía española en los últimos años (mientras los bomberos pedían motosierras eléctricas por Twitter), hicieron que no disfrutara (nunca suelo hacerlo, pero en esa ocasión menos) la victoria española. La verdad es que era una una mala noche para intentar ver algo bueno en nuestra especie, por varios motivos: un aborregamiento que llevaba a seres ebrios a cantar consignas que no sabían lo que significaban mientras toreaban con la bandera de España a los coches que circulaban por la calle; un sentimiento patriótico fundado en algo tan superficial y efímero como un partido de fútbol; comprobar que en lo único en lo que somos campeones es en el fútbol, y que a su población con eso únicamente le vale.
Es cierto que después de tan lamentable episodio he tenido dos buenas ocasiones para reconciliarme con el género homo sapiens: el recibimiento que el pueblo de Madrid hizo a los mineros que marchaban desde las diferentes cuencas españolas y la manifestación del pasado 19 de julio en la que quedó patente que el Pueblo no se resigna, que no le gusta lo que está ocurriendo, y que en ningún momento legitimó a ningún gobierno para que destruyera el Estado de Bienestar por el que han luchado nuestros padres y abuelos.
Desconozco las veces que José María Bermúdez de Castro se ha enfrentado y reconciliado con el género homo sapiens, pero por lo que nos cuenta en su libro "Exploradores. La historia del yacimiento de Atapuerca" han debido de ser unas cuantas. Y no precisamente con los de los fósiles que van apareciendo en el yacimiento de la provincia de Burgos, pues entre otras cosas pertenecen a la especie Homo Antecessor, sino con los primeros espadas de lo que se ha dado en llamar "la ciencia oficial". Nos cuenta Bermúdez de Castro que cuando todas las evidencias parecían apuntar a que lo que se estaba descubriendo en Atapuerca constituiría un hito y toda una novedad en la paleoantropología mundial, los representantes de la "ciencia oficial" ponían todos sus esfuerzos en minimizar los hallazgos y en encuadrarlos en alguna de las especies ya existentes, con el único objetivo de relativizar su valor científico.
Dentro de este libro es muy reseñable la crónica del viaje que llevó a algunos de los componentes del equipo de Atapuerca hasta Dmanisi (Georgia), donde de un modo ameno nos muestra cómo un país que todavía se encontraba apagando las cenizas de la guerra civil encontró fuerzas suficientes para realizar uno de los hallazgos más importantes de las últimas décadas en el campo de la paleantropología mundial. La radiografía que hace del país, de sus paisajes, de su gastronomía y de sus gentes bien vale una lectura de este libro, ya de por sí recomendable.
Tampoco ahorra esfuerzos a la hora de criticar a los responsables de la Junta de Castilla y León en el año 1994, los cuales no confiaron en ellos en ningún momento, pero sí anduvieron bastante rápidos para hacerse una buena foto cuando entendieron que lo que se acababa de descubrir en esos días (el cráneo del "primer homínido europeo", "Miguelón") era un hallazgo de importancia mundial.
El libro de José María Bermúdez de Castro es el ejemplo perfecto de divulgación científica y pasión por lo que uno hace. Quien tenga la inquietud antropológica de saber cómo hemos llegado hasta unos días en los que pese a tener todas las herramientas necesarias a nuestro alcance para defender nuestros derechos y nuestra integridad, estamos consintiendo que nos quiten delante de nuestras narices todo lo que nos queda y nos permite reconocernos como ciudadanos, no debería dejar de pasar la oportunidad de leer este libro, y que a partir del origen que constituye la presencia de Homo Antecessor en la Sierra de Atapuerca, ate cabos y saque sus propias conclusiones.
martes, 3 de julio de 2012
La buena Literatura
"Un buen libro debe ser simple. Y como Eva, debe provenir de algún lugar entre la segunda y la tercera costilla": debe haber un corazón latiendo en su interior".
"Desde luego, Brooklyn es un lugar un poco sucio", admitió. "Pero para mí simboliza un estado mental, mientras que Nueva York es sólo un estado financiero".
Un Parnaso o librería ambulante, tirado por una vieja yegua, capitaneado por un loco profesor, acompañado por un perro, y todo ello adquirido por 400 dólares de los años 20 por una señora solterona especialista en hornear pan en la granja familiar. Éste podría ser, básicamente, el resumen de "La librería ambulante", pero como no puede ser de otra forma caeríamos en el riesgo de ser demasiado simplistas y de perder la quintaesencia contenida entre sus páginas.
Porque "La Librería ambulante" es el amor por la Literatura, es llevar hasta el extremo la pasión por los libros, hasta el punto de hacer de ellos tu hogar y casi tu única compañía, únicamente por el afán de hacer extensiva la cultura a todos los lugares. Así como el grupo de teatro "La Barraca", dirigido por Federico García Lorca, se proponía llevar la pasión por el teatro a los pueblos más denostados en aquel período inicial de la II República, el profesor Mifflin hace lo posible por llevar los buenos libros a los granjeros del Medio Este americano, sin ninguna otra pretensión que intentar transmitirles un poco del amor que él siente por ellos o de que por lo menos tengan la oportunidad de intentar experimentarlo.
Pero "La librería ambulante" no son únicamente libros, sino también los copiosos y deliciosos menús que prepara Hellen McGill en su granja (la carne con salsa de manzana, las crujientes y calientes hogazas de pan, los donuts caseros, el café recién hecho) y también los paisajes de esa América profunda que tan bien sabe explicar Christopher Morley (las suaves brisas de las mañanas de otoño, el salitre de las ciudades costeras, el tintineo de los árboles con la suave brisa del atardecer).
Desde luego, este libro cubre sobradamente con las expectativas depositadas en él, y cumple con la máxima que abre este post. Es un libro simple, y contiene un corazón que late por muchos motivos, pero sobretodo por el amor a la Literatura, a la buena Literatura.
jueves, 10 de mayo de 2012
No vayas a ser esclavo
Justo cuando acabo de terminar de analizar la documentación de un Expediente de Regulación de Empleo que va a costar el trabajo a 150 trabajadores en el plazo de diez días. Comprobando como día tras día se adoptan por las empresas medidas que literalmente "rompen" familias. Viendo que el hecho de quebrar un banco donde los trabajadores depositamos los pocos ahorros que podemos reunir se paga a 1,2 millones de euros, sólo me viene una cosa a la mente, y esa cosa es un poema, y ese poema es de Miguel Hernández en su autoría, pero al fin y al cabo un poco de todos los que todavía creemos en la dignidad del trabajo, y por eso todos nosotros deberíamos hacerlo nuestro en algún momento de nuestra existencia, por lo que significa y por lo que representa:
ANDALUCES
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que a vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
miércoles, 11 de abril de 2012
Con sólo cerrar los ojos
Me ocurre una cosa con las bandas sonoras de las películas que veo: mientras se desarrolla el film, las canciones van dando sentido a todo lo que ocurre. Sin embargo, una vez que finaliza me dejan igual y no despiertan en mí mayor sentimiento que la indiferencia. Me pasó por ejemplo con Forrest Gump, cuya banda sonora es una obra maestra de los años dorados del pop-rock estadounidense. He intentado escuchar "California Dreamin'" de The Mamas & The Papas tras ver la película y no me ha hecho revivir ni sentir en ningún momento lo que me transmitió la película cuando realizaba una visión de la época hippie en el Estados Unidos de los años 70.
Eso, hasta el pasado sábado. Que una película contemporánea, ambientada en la época actual, comience con una pieza de piano indica que no se trata de una película cualquiera. Pero si encima esa pieza es el "Nocturno in B-Flat Minor, Op 9, n. 1", de Frédéric Chopin la cosa sólo puede deparar buenas sorpresas a partir de ese momento.
Ocurrió en Intocable y jamás pensé que una canción, encuadrada en una determinada escena, que da sentido únicamente a esa escena y no destinada a perdurar más allá del metraje de esa escena, pudiera permanecer no sólo en la retina sino en el oído por tanto tiempo. Es cierto que si fuera una canción al uso (con letra y música comercial se entiende) y me pidieran que la interpretara de algún modo no sabría hacerlo, pero quedó en mí la esencia de esa pieza, la tristeza y la desolación que encierran sus primeras notas, y a partir de ese momento, con sólo cerrar los ojos, la podré utilizar para cualquier momento que me plazca fuera de esa película. Por ejemplo ahora, en una madrugada en la que el viento azota con fuerza la ventana y el frío hace desapacible la noche en el exterior. Y es ello lo que me permite pensar que quizá esta noche sea como alguna de las que acompañaron a Chopin cuando compuso este Nocturno. ¿Por qué no? El haber hecho ya mía esta canción me otorga licencia para utilizarlo así, para intentar emularlo tocando las teclas de un portátil en vez de las de un piano.
Pero si de un Nocturno de Chopin para una noche de insomnio voluntario o involuntario se trata, mi preferido siempre ha sido, es y será éste:
Buenas noches. Buenas madrugadas.
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